I
La experiencia nos enseña que una de las causas principales de nuestros males y del pobre desarrollo democrático que padecemos descansa en la peculiar concepción de poder que tenemos los dominicanos. Entre nosotros existe la convicción de que el ejercicio del poder político otorga privilegios especiales. Esa errada concepción se ha transferido de gobierno a gobierno al través de nuestra historia republicana. Y nos ha impedido crecer imponiendo viciosas prácticas oficiales que nos asemejan en la práctica cotidiana más a una dictadura que a una democracia real.
En este mundo digital, la práctica democrática es una realidad virtual. El único tiempo real es el que impone el plazo para el cual son electos cada cuatro años los después felices y endiosados inquilinos del Palacio Nacional. La experiencia vivida a lo largo de los últimos cuarenta años es tan frustrante como aleccionadora. El problema es que no aprendemos de nuestros tropiezos. El culto de la personalidad siempre presente en nuestro ambiente, desgasta rápidamente a los gobiernos.
Mucha gente ha comprobado la ventaja de una cercana amistad o asociación con un jefe del Estado en este país sin instituciones. Juan Bosch advertía sobre el daño de utilizar las herramientas o poderes de un gobierno para hacer negocios.
Pero pocos han hecho caso a esos sabios consejos de un político en vida severamente cuestionado por el pecado de anteponer algunos principios al interés personal o de grupos. En un ambiente así es poco probable que un presidente resista la tentación del halago personal o no se deje deslumbrar por los oropeles de una corte o las candilejas de la gloria, a la postre tan efímeras como el mandato mismo.
Un examen frío de nuestra historia reciente y del presente actual permite ver cuánto ha costado al país ese vicio de nuestro quehacer político.
II
Un sistema político tan débil como el nuestro crea los factores que preservan su permisividad y abren enormes posibilidades a aquellos prestos a acudir al primer llamado de oportunidad. Son los contratistas y modernizadores de siempre.
Los hadas madrinas que pretenden modificar el país con sus varas mágicas, llenas de falsas ilusiones. Atados a realidades que los abruman, e imbuidos de sus propias ambiciones de fama y fortuna, los presidentes ceden con facilidad al embrujo de estos prestidigitadores.
Pocos presidentes se han resistido al encanto de la adulación que estos personajes traen en sus portafolios llenos de planes y proyectos y vencidos pagarés de campaña electoral.
No son los adversarios de un presidente ni sus críticos los que dañan el campo en que éste se mueve. En una democracia verdadera estos pueden ser, aún en el más ácido de los enfrentamientos, el combustible que enciende la luz para ver al través de la oscuridad propia de toda situación de crisis.
El peligro está en los colaboradores y los amigos más cercanos. Aquellos que en campañas se ofrecieron voluntariamente para financiar mítines y recorridos. Los que cedieron sus lujosas residencias para cenas de recaudación de fondos.
Son esos los que después provocan los conflictos de intereses que ponen a los presidentes ante dilemas y problemas de conciencia. Los que conscientes de las debilidades del amo, le ponen a decidir, aún en las circunstancias más delicadas y precarias, entre la lealtad a los electores y sus compromisos de campaña.
Los que en situaciones de crisis y escasez, le embarcan en proyectos faraónicos tras la falsa búsqueda de una inmortalidad que jamás se alcanza por esos medios. Gobernar para amigos y con amigos es el peor de los errores.
La vía más idónea al fracaso y a la desilusión. Las lealtades personales distancian a un gobernante de sus obligaciones.
III
El culto de la personalidad divorcia a los presidentes de la realidad. Las lisonjas les cierran los oídos a las voces del pueblo y de sus organizaciones más representativas. Y terminan, por supuesto, llenando de fantasmas y de miedo los espacios a su alrededor.
El susurro permanente del anillo palaciego y el ambiente encantador y frívolo de las cortes de fines de semana, que se entregan como antídotos al estrés presidencial, consiguen a la larga el propósito de encerrarlo en jaulas de oro donde sólo llegan los ecos de esas voces. El resultado es un hombre temeroso de cuanto lo rodea. Reacio a escuchar opiniones críticas. Sensible a los juicios de una prensa independiente.
Con razón Honoré de Balzac decía que "todo poder es una conspiración permanente". Y así ha sido en nuestro país a lo largo de la dolorosa construcción de los cimientos de una democracia que todavía estamos lejos de alcanzar en sentido integral, a juzgar de cómo se la practica en otros países que han logrado niveles de prosperidad y felicidad colectiva que no tenemos entre nosotros.
Rómulo Betancourt, uno de los líderes democráticos más importantes de América Latina, por el tiempo que le tocó vivir, y las circunstancias que debió afrontar, escribió: "He vivido lo suficiente para haber aprendido que los elogios a hombres públicos tienen deleznables cimientos y que las rachas nada benévolas de la historia terminan para siempre por desmantelarlos.
Me he preocupado de acercarme al hombre que diseñó Rudyard Kipling en su poema If, un sí no afirmativo, sino condicionado. La estrofa exalta al hombre capaz de haber visto pasar junto a él, entre sus manos, con la misma indiferencia fundamental, la persecución y la derrota, la victoria y el poder".
Me he preguntado en infinidad de ocasiones si hay entre nosotros un líder dotado de la suficiente fuerza moral para acercarse a ese modelo de liderazgo.
Miguel Guerrero
La Columna de Miguel Guerrero
El Caribe