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martes, 5 de enero de 2010

Latinoamérica llora la muerte de Sandro, una leyenda de la música popular

Sandro

Su cuerpo no resistió una sucesión de operaciones tras el doble trasplante de corazón y pulmones que se le realizó en Mendoza el 20 de noviembre pasado. Con carisma, ritmo y sensualidad, el Gitano se había convertido en una figura central del espectáculo argentino. Tenía 64 años.
Tras años de sufrir un enfisema pulmonar crónico, el cuerpo del ídolo no soportó el doble trasplante de corazón y pulmón que se le realizó en Mendoza. Se vio complicado por una infección que requirió de varias operaciones sucesivas: su cuerpo no resistió. A los 64 años murió Sandro, una de las figuras centrales de la música popular argentina que supo conquistar con sensualidad y carisma a las mujeres de todo el continente. 


Así, con 64 años, partió una de las figuras centrales del mundo del espectáculo argentino. Popular, sensual, carismático, romántico, misterioso, se ganó el corazón de las "nenas" de toda América, que lo siguieron desde sus comienzos en la música a comienzos de los sesenta.

Desde temprano los médicos que lo atendían hicieron saber que era un día muy difícil para la salud del Gitano. Durante la madrugada lo habían tenido que operar nuevamente por la aparición de una fístula en el bronquio izquierdo. Y por la tarde, durante una conferencia de prensa, remarcaron que sufría un shock séptico y el cuadro era de mucha gravedad. Por la noche anunciaron la triste noticia: Sandro había muerto a las 20.40.





Un seductor mitológico sin ayuda de manuales
"Para mí, una mujer es una dama. No importa si se trata de la prostituta de acá a la vuelta o de la Madre Teresa. Por eso jamás hablo de mis mujeres."


Mucho antes de esta era de cantantes y símbolos sexuales de laboratorio, Sandro supo fabricar a un seductor mitológico sin la ayuda de manuales. Intuyó cuánta seducción había en el misterio. En el misterio combinado con la frase sensual, lanzada a la masa con tono personal: a "sus nenas". Con voz paternalista o con voz de hombre desamparado, él supo, hasta el final, cómo hechizar desde el escenario: cantar en bata, mover la pelvis, temblar con todo el cuerpo. Y esconderse, después, detrás de los muros de su casa de Banfield: del silencio o de las ambigüedades.


"Yo he leído mucho. He leído a Sigmund Freud, a Erich Fromm, a grandes autores de la psicología y la sociología... Y no puedo entender qué pasa conmigo. Las mujeres... si cuando me ducho apago la luz. No sé qué ocurre, qué fibra rozo", se preguntó alguna vez, tal vez fingiendo ignorancia, cuando su cuerpo erosionado por el tabaco ya no era el de aquel gitano fibroso, ni el de aquel nuevaolero de jopo, patillas y labios gruesos, que podía aparecer cabalgando semidesnudo o saltando de un convertible a lo Isidoro Cañones.

"Si no fuera por las mujeres, no sería nadie", declaró el día en que cumplió 47 años. Y recordó una entrevista que le habían hecho en una radio norteamericana, cuando conquistó el Madison Square Garden de Nueva York.

"El locutor le preguntó a una de las oyentes por qué le gustaba tanto Sandro --dijo--. La mujer respondió: Le gusta a mi madre, me gusta a mí y le gusta a mi hija. Sandro, además de un hombre atractivo, es como una religión, una tradición, una costumbre".

Desde su juventud, fue perseguido por las revistas del corazón, que le adjudicaban romances con cuanto figurín apareciera a su alrededor. Aquí y allá aparecían --sin pruebas concretas-- libretas de casamiento clandestinas, supuestos hijos no reconocidos y chismes con las actrices que lo acompañaban en sus filmes. "Créase o no, no salgo con compañeras de trabajo. A mí me enseñaron que donde se come... Además soy un tipo fiel: estoy sólo con una mujer a la vez. Es más complejo el desafío de estar con una que tener quince".

En 1969 conoció a Julia Adelina Visciani, que era divorciada: se casaron en 1972, en México. La pareja, de bajísimo perfil, convivió hasta 1982, año en que Sandro tuvo una breve y comentada aparición pública con Tita Rouss, que venía de separarse de Alberto Olmedo. Tras el divorcio del cantante y Visciani, poco se supo de la intimidad de él. Cuando le preguntaban sobre su vida sentimental en las entrevistas, respondía con ironía: "No sé nada. Hoy no leí las revistas". Recién a mediados de los 90 hizo una leve concesión de su intimidad: habló de María Elena, la que sería mujer desde fines de 1982 hasta diciembre de 2004. En 2005 la sucedió Olga Garaventa.

Pero, básicamente, Sandro siempre dio una imagen de solitario: propicia para las especulaciones periodísticas y el aumento del deseo femenino. Muy pocas veces daba algunas pistas: "Me interesan las mujeres mayores que yo. De chiquito ya era así. Cuando tenía 18 me enamoré perdidamente de una de 25. Me gustan las ya hechas, con las que se pueda dialogar. ¿Edípico? Todos tenemos algo de edípicos. Quiero la imagen maternal en la mujer igual que la quiere cualquier otro hombre. El interés por mujeres relativamente maduras tiene que ver con una cosa que se llama historia sensitiva y que ninguna chica joven puede tener".

Muchas de sus fanáticas lo vieron siempre como un hombre dual. Susana Vitali, una de las ocho mujeres a las que Sandro llamaba El grupo del garaje, porque lo abordaban siempre en el estacionamiento del Gran Rex, explicó su caso: "Soy viuda desde hace 24 años. Recién en 1993 logré conocer a Roberto Sánchez. Desde entonces comencé a consagrarle mi vida. No me pierdo ni un recital. Vi todos sus shows del Gran Rex con las chicas del garaje, en primera fila. Cuando Roberto estaba con la máscara de oxígeno en el 2002 fuimos a rezar por él a la Iglesia de San Pantaleón en Mataderos: cuando volvimos estaba sin la máscara. No puedo expresar el valor que tiene para mí conocer a Roberto: su corazón, su alma, la persona que está adentro de Sandro. Lo agarro de los cachetes y le digo: Qué lindo que sos. Porque Roberto también es lindo por dentro. Siempre me escucha. El año pasado, cuando estaba mal, yo le decía que no saliera más al escenario y él me contestaba: Tengo que demostrar que Sandro está bien. Y yo le insistía: Pero Roberto está mal.

Aun con Roberto en mal estado, Sandro supo arreglárselas para seguir encantando a sus seguidoras hasta el final. Sobre el escenario, se acodaba en el piano, aspiraba el oxígeno del tubo ubicado junto a su micrófono, y les hablaba, en tono intimista, sobre sus conflictos, su melancolía. Ellas aullaban consejos maternales y propuestas ninfómanas. El bromeaba, las llamaba "mis nenas" o "mis mujeres" y les cantaba estrofas melosas para hacerlas temblar, como lo hacía él, desde una punta a la otra del cuerpo.





La misteriosa y fascinante construcción de un mito
Esta es la historia de un hombre que quería ser cantante de rock and roll y se tuvo que conformar con ser mito. Es también una historia que se resiste a ser fábula: aquí no hay moraleja, apenas misterio. Estamos hablando de una de las invenciones más minuciosas e intrigantes del espectáculo argentino. El decía que Roberto Sánchez inventó a Sandro. A esta altura, habrá que sospechar firmemente que Roberto Sánchez era Sandro y que finalmente ésta fue la historia de un hombre que se inventó a sí mismo.


Como todos saben, antes de ser "de América" Sandro fue de Valentín Alsina. El dato no resulta menor para la construcción eficaz de la leyenda: como Gardel o Maradona, su origen humilde y suburbano lo proveyó de una sabiduría extraña: con el marco inasible de su carisma y su risotada imbatibles, Sandro solía decir mentiras perfectas que sonaban a verdades absolutas. Como los chicos, sabía jugar los juegos con la seriedad que corresponde. Conocía sus límites y los límites del artificio. Todas estas características no son otras que las que definen a un artista.

Sandro era un artista que además cantaba. Se consagró cuando sacudió la pelvis en Sábados Circulares de Mancera. Venía de frecuentar la bohemia de La Cueva, el sótano donde Litto Nebbia, Miguel Abuelo, Tanguito, Moris, Javier Martínez y otros fundaron el rock argentino. Con el primer dinero se compró una Moto Guzzi modelo 46 que estacionaba en el cordón de los conventillos de Alsina. Su padre Vicente trabajaba en el frigorífico Wilson, su madre Nina leía historias árabes en el palier.

El seguía parando en el Bar Pancho, pero ya esporádicamente. Cada vez tenía más shows, fama y dinero. Por entonces comenzó a acuñar frases y sentencias que repetiría por décadas con el énfasis de quien las dice por primera vez: "De mi casa para afuera soy Sandro; de mi casa para adentro, Roberto Sánchez: yo no compro lo que vendo". "¿Mi secreto? No tengo: simplemente uso jeans como si fuera un smoking y smoking como si fuera jean". "Mi única obsesión es no dar lástima en el escenario". Después de cantar en el Madison Square Garden de Nueva York, el 11 de abril de 1970, en uno de los primeros eventos musicales televisados en vivo a buena parte de América, el éxito desfondó cualquier previsión.

El fenómeno de Los Beatles había cambiado drásticamente los modales en relación entre fan y artista: corrían tiempos de fiebre, amor y locura. Sandro comenzó a filmar películas populares --que no buscaban otra cosa que cabalgar sobre el suceso musical y afirmarlo--, y a mantener una sorda competencia con otros cantantes de la época, como Palito Ortega y Leonardo Favio, en la conquista de América.

Todavía no era el mito indiscutible. Era, sí, el ídolo de una buena porción de los jóvenes. Para los que gustaban del rock nacional o, por ejemplo, de Serrat, Sandro era un cantante "complaciente" que basaba todo en su imagen. Un monigote eléctrico que hacía canciones vacías.

Cuando empezó a dejar de ser el remedo criollo de Elvis para --debido al paso del tiempo o por simple intuición artística-- ir vislumbrándose como el crooner que era, Sandro observó cómo el furor menguó. Ya no era un fenómeno discográfico, ya su búnker de Banfield se había convertido en el hogar blindado que lo aislaba de las desmesuras del fervor pop y, al mismo tiempo, en la usina de rumores desopilantes.

Si a principios de los '70 tuvo que desmentir contactos "con la guerrilla", después le endilgaron hijos ("a partir de hoy parece que tengo exactamente 35 hijos", ironizó en 1977), variadas inclinaciones sexuales, enfermedades y un variopinto desfile de mujeres por su cama.

Lo concreto es que la vida íntima parecía más discreta que las fantasías: la ocupaban simplemente algunos amores (Julia Viscani, Tita Rouss, quizá María Marta Serra Lima, después María Elena Fresta) y el cuidado de su madre Nina. Sus vicios continuaban intactos o en franco ascenso: la bebida (este orden: champagne, whisky, gin) y una cantidad de tabaco que durante dos décadas rondó los 80 cigarrillos diarios. "Nadie maltrató tanto el cuerpo como yo", dijo una vez entre el arrepentimiento y la vanagloria.

La historia de Sandro era, también, la de los valores de cierta clase media barrial. A pesar de que en él se hacían carne muchos de los contrastes de la argentinidad (en 1982, por ejemplo, declaró que quería ir a las Malvinas "no a cantar para los soldados, sino para pelear"), el prototipo no llegó a degenerar en caricatura. Sandro defendía a la madre, a la familia y a la Patria (en sus shows ubicaba una bandera argentina en un costado).

Criticaba a los políticos y detestaba a las guarderías infantiles y a los geriátricos. Por eso él mismo cuidó en Banfield a su madre durante su larga convalescencia. Por amor a la familia, "adoptó" a los cuatro hijos de su mujer, María Elena Fresta.

Los pormenores de la relación con María Elena fueron una de las escasas concesiones a la divulgación de su vida privada. Un trozo de misterio arrojado a la multitud. "Estoy soltero nuevamente", declaró Sandro a una radio de Lanús en marzo de 2005, confirmando su separación de María Elena, con quien estuvo en pareja 15 años. Fiel a su estilo, no develó los motivos de la ruptura. Tiempo después se supo que, en abril, comenzó una nueva pareja con Olga Garaventa, de 45 años, ex secretaria de su manager, y que lo acompañó en los últimos meses.

María Elena había sido un sostén esencial durante la agonía de doña Nina --fallecida en 1992-- y, después, durante los peores momentos de la enfermedad de Sandro, un enfisema pulmonar que pareció cobrarle cada uno de los cigarrillos que devoró desde que empezó a fumar, a los 13 años. Enfisema que él logró neutralizar --rigurosa gimnasia, cero tabaco, aunque en abril de 2008 se supo que su nombre figuraba en la lista de espera del INCUCAI para un doble trasplante de pulmón y corazón-- y, de un modo intrincado, incorporar al show. Como lo sugirió en uno de sus últimos espectáculos, El hombre de la Rosa, con el que se cansó de llenar el Gran Rex. En el escenario, diseñó una red asistencial de cuatro tubos de oxígeno, que, lejos de disimular, se encargó de describir al público.

Pareciera que siempre tuvo la cabal convicción de estar siguiendo letra por letra un guión formidable. Quizás comenzó a escribirlo hace más de 40 años en un patio de Valentín Alsina. Hasta ayer no se cansó de perfeccionarlo.

Sandro había nacido en la Maternidad Sardá a las 3.20 del 19 de agosto de 1945.

Clarín.com (ar)

2 comentarios:

Bocha... el sociólogo dijo...

Hola amigo, pude leer tu comentario en mi blog ayer por la noche después de unos días de descanso visitando a la familia, hoy paso por el tuyo y gratamente me sorprendió la admiración que tienes por Sandro y la cantidad de post que publicaste.

Pude haberte dejado un comentario en otros post que publicaste donde hay problemas sociales, económicos, políticos y una serie de corruptelas que son "el pan nuestro de cada día" en nuestros respectivos países; pero quise hacerlo en éste y elevar una plegaria, junto a vos, por este hombre que emocionó a hombres y mujeres de toda Latinoamérica.

Sandro no murió, "salió de gira". Es mejor quedarnos con esta idea para seguir manteniéndolo vivo en los carazones.

Excelente los artículos publicados. Felicitaciones.

Saludos rituales... Bocha.

Anónimo dijo...

Hola:
Es el trabajo mas completo que he leído sobre la muerte y vida de Sandro.

De verdad que han hecho un buen trabajo.

María del Carmen / Barcelona, España