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martes, 31 de marzo de 2015

Leonel Fernández...bailandoooo...bailandoooo!


Íntimamente con Leonel
En la noche del pasado Viernes Negro “viví” unas imágenes patéticas. Te vi bailando sobre una tarima instalada en la calle de un barrio de la parte norte de la capital. La gentuza, apretujada, se movía como moscas convocadas por la podredumbre. Me olvidé del ruido musical que animaba la parada, para contemplarte. A pesar de que tu cintura respondía con pesada cadencia al golpe de la tambora, tu mirada lucía levemente perdida, como a quien le perturba un pensamiento borrascoso. Tu cara, ajada y abatida, rezumaba la humedad salobre del barrio. Nada allí era espontáneo, solo, quizás, la risa de la gente. Sé que fue un evento montado para demostrar que estabas ajeno a lo que pasaba en la Suprema; un golpe de efecto subliminal: mientras la Justicia cumplía con su acreditado papel, tú, hombre magnánimo, estabas con los tuyos inhalando el hedor de su pobreza. ¡Te quedó impecable! No te oculto, sin embargo, que, al verte, me resultó inevitable evocar las clásicas estampas de las familias mafiosas cuando sus padrinos hacen filas para recibir la santa eucaristía mientras sus mercenarios ejecutan macabros mandatos de sangre. El país indignado hasta las vísceras y tú, Leonel, bailando… bailando…

El fin de semana te ocupó una densa agenda proselitista. En Pedernales, bien lejos del epicentro de la sacudida judicial, proclamaste a todo pulmón que “los vientos te arrastran a subir la escalinata del Palacio Nacional”. Lo gritaste con tanta euforia que lo escuchó tu socio Martelly del otro lado; lo hiciste sin tapujos ni sospechas, liberado ya de todo apremio. Y no es para menos, el expediente de tu vasallo era el último escollo para despejarte el camino, un trámite menudo en manos de honorables rendidos. Misión cumplida. Lo único pendiente es negociar con Danilo el reparto de la hacienda para que retire la amenaza de la reelección, y eso está casi armado. Lo que sigue es ganar el tiempo malogrado por las bravuconadas de Quirino, convertidas en un fiasco de vistosos plumajes y rutilantes oropeles. Así las cosas, ya puedes vender un proyecto electoral confiable y seguro a tus empresarios para que puedan hacer sus “inversiones” con la garantía de que esta vez no habrá “tumbes” en mérito a su abolengo y al prudente consejo de la reciente experiencia. Si queda algún resabio de indignación por aquello de la sentencia del senador, el Listín Diario y El Caribe trabajarán la estrategia del olvido, desempolvando, si es necesario, la locuacidad del Cardenal para que salga orondo del silencio y, en nombre del santo establishment, hable de todo menos de corrupción. La artillería de los gladiadores progresistas se calienta para empezar a descargar las metrallas patrióticas en nombre de los trinitarios. ¡Todo a pedir de boca!

Este apoteósico cuadro seduce a cualquier ambición; sin embargo, Leonel, creo que el precio de tu cuarta oferta de gobierno sigue muy caro. El país te ha pagado todos tus caprichos y cuentas, también ha redimido tus timos y aún así te sigue adeudando. Debes invertir más en este negocio o capitalizar tus dividendos. Ya las cosas no son tan fáciles como antes. A pesar de que has logrado tapar muchas obscenidades, la sábana sigue corta y Washington permanece callado.

Por otro lado, hay cosas que han cambiado. Perdiste fuerza en la clase media; tu nombre ahí es satanizado. Si bien no es mayoría, al menos tiene influencia decisoria. Vas a tener que dejar la piel en los barrios para redimir la dignidad gástrica del voto con sabor a chicharrón y a ritmo de Peña Suazo, quien, al igual que tú, dejó de estar “durísimo…” para “subirse en el palo”. ¡Lo que tiene un hombre que hacer por esa oscura adicción al poder! Tu vicio nos ha arruinado, menos a ti, a tu estrecho círculo empresarial y a tu consentido Comité Político, que, a propósito, ya no es una logia de opulentos resignados, algunos al menos te contradicen con un bostezo, una irreverencia infame a la memoria de Moisés o de Buda, a quienes, por mandato de tus delirios, tú encarnas.

Perdóname, pero me muero de risa cuando te imagino en aquel pasado de gloria pontificando petulantes teorías astrales en magnos foros continentales y verte ahora juramentando a toda suerte de alimañas en los sumideros políticos. Te confieso que disfruté hasta el hartazgo la foto con Víctor Céspedes, el eximio procurador pepeachista, en aquel acto de sumisión a tu honorable proyecto. Caramba, Leonel, creo que debes darle un barniz de glamour a tu equipo con otros rostros menos repelentes; te recomiendo revisar el catálogo de intérpretes urbanos en una de esas emisoras de la calle. Ese tipo de adhesiones tan baratas no te conviene, revela el ocaso resistido de tu liderazgo, o, para usar cliché de nuestros líderes empresariales, “envía señales confusas” a los nuevos inversionistas, esos que quieren ver gente de portada (en Mercado o en Ritmo Social, la misma vaina) en primera línea. Debes elevar la solvencia de tus palabras porque por culpa de tus insulsas peroratas ya la gente está demandado hechos y en esa materia estás reprobado.

De manera que te deseo suerte en este emprendimiento. En otras circunstancias te hubiera aconsejado volver a tu partido para que dejaras en producción aquella ilusa “fábrica de presidentes”. Pero es penoso que después de haberte consentido tanto, esta nación te niegue una nueva oportunidad, esta vez para que repares tu retrato histórico. No importa que en el esfuerzo quintupliquemos nuestra deuda externa con tal de volver a ver el disimulado tinte de tus canas, el delineamiento de tu hirsuto bigote, el remozamiento de tu descuidado afro y el abandono de esa expresión depresiva que cuelga lánguidamente de tu rostro. Cuídate de lo que comas porque te faltan aún muchos e indigestos convites barriales. Recuérdales a los tuyos que no te envidio y menos en circunstancias tan hostiles como las que vives. No es para nada codiciado tener que salir, camisa remangada, bajo el calcinante sol, a los antros suburbanos, inhalar su fetidez, polvo y sudor detrás de un voto grasiento. Prefiero leer una de tus recomendadas lecturas semanales. ¡Suerte!

José Luis Taveras

miércoles, 4 de marzo de 2015

Complicidad con los oscuros sótanos del narcotráfico?


Los costosos delirios de Leonel Fernández
La megalomanía narcisista es una enfermedad profesional usual en los políticos exitosos. Los aplausos motivan y las alabanzas de los lambones confunden. Pero mientras los delirios se mantienen en un marco controlable, sin retar al rudo mundo real, es un mal pasable. Producen, eso sí, ridiculeces y desplantes, que hemos convenido en considerar gajes del oficio.

El asunto se complica cuando los afectados suben los tonos de los delirios y comienzan a actuar en función de ellos y en consonancia con la manera como ellos mismos se imaginan. Y un indicador irrebatible de esta eclosión delirante ocurre cuando las personas comienzan a parangonarse con los dioses y con las figuras de grandezas consagradas.

Fue el caso de Trujillo, un cuatrero tan astuto como poco ilustrado, que no vio mejor oportunidad de irse colocando al lado de Dios, primero detrás, luego delante, y luego por encima, solito. Y es el lamentable caso de Leonel Fernández.

Leonel Fernández arrastra consigo el trauma de una producción intelectual, para decirlo de alguna manera, poco atractiva. Su obra publicada –desde sus primeros estudios antimperialistas hasta los actuales panegíricos globalifílicos- es parca en ideas propias, si alguna. Por eso necesita urgentemente cabildear títulos de doctorados honoris causas (no tiene ningún doctorado real, salvo la licenciatura en derecho con esa denominación) y buscarse contactos académicos. Y también por eso  ha requerido FUNGLODE, un lugar donde regularmente reúne públicos cautivos y poco entendidos a los que aturde con discursos sobre la crisis del pensamiento y la advertencia admonitoria de que es necesario superar a Keynes, a Marx y a cuanto le ha antecedido.

Todo eso ha costado mucho dinero y sospecho que no solo a Quirino, sino al Estado, lo cual merece una investigación que no comienza. Como también han costado todos sus desvaríos megalomaníacos, sea  tratando de resolver el conflicto árabe-israelí, metiendo el hocico en el conflicto colombiano sin que nadie lo invitara y dando charlas insulsas en cuanto foro se le ofrece, en la Habana y en Viena.

Pero puede costar mucho más en el futuro, porque creo sinceramente que el expresidente Fernández no solamente padece de una arrogancia hiriente –aun lo recuerdo cuando llamaba premodernos a todos los que defendíamos la meta del 4% para la educación, y a sus críticos como seres sin capacidad para conceptualizar- sino que está pasando a una fase delirante muy peligrosa.

Hace tres años, se comparó a si mismo con Aníbal, el mítico general cartaginés que sembró el espanto de los romanos en la II Guerra Púnica. Y ahora nos sale escribiendo un relato en evidente respuesta a los alegatos de Quirino, y en el que ocurre una transfiguración simbiótica entre Leonel y nada más y nada menos que Buda.

Lo imagino sentado en su oficina, imaginándose a sí mismo como describía a Buda: “ …venerado, honrado y reverenciado. Por dondequiera que iba, era recibido con gran distinción, y se cuenta que grandes multitudes se agolpaban a su paso y sembraban su camino de flores”.  Y luego recreándose en su resurgimiento, tal y como hizo Buda, venciendo difamaciones y sicarios.

Y si se tratara simplemente de su salud mental, no creo que haya problemas. El problema está en que las sociedades pagan muy caro a los megalómanos delirantes y narcisistas. Más aún cuando sobre ellos pesan acusaciones –hasta el momento ni rebatidas, ni investigadas- sobre muchas cosas, incluyendo la complicidad con los oscuros sótanos del narcotráfico.

Haroldo Dilla Alfonso
Solo una idea
7 Días

jueves, 26 de febrero de 2015

Salve, Buda tropical, León iluminado, dulce redentor de la patria!


El león iluminado
Paul Ricoeur ha estudiado hasta la saciedad por qué la escritura constituye la plena manifestación del discurso. Y ha demostrado cómo en la metáfora los diferentes conceptos se unen para dar apariencia de solidez y profundidad. La metáfora es un lenguaje traslaticio que compara las cualidades de dos cosas entre sí. Pero en el símbolo se asimila más de lo que percibe una semejanza. Paul Ricoeur dice respecto del símbolo que “al asimilar unas cosas a otra, nos asimila a lo que de tal modo es significado”. Por eso, “hay más en un símbolo que en cualquiera de sus equivalentes conceptuales”.

Quienes han leído el artículo de Leonel Fernández titulado “El plan para desacreditar a Buda” podrán entender con toda claridad la transustanciación que se produce de la metáfora al símbolo. A nadie hay que explicarle de qué está hablando Leonel, la elipsis hace innecesario mencionar a Quirino; Buda desenvuelve una serie de acciones que juntas constituyen la continuidad estructural de la narrativa, y los papeles formales del relato se definen por los predicados de la acción. Buda supera con éxito todas las pruebas desplegadas para desacreditarlo, Buda hace surgir una jerarquía espiritual que hace polvo toda la maledicencia que pretende dañarlo. Buda construye una coraza infranqueable con Las cuatro nobles verdades, y todos cuantos han albergado celos, resentimientos y envidia contra él se estrellan, contra la muralla de su paz interior y su renuncia a la riqueza. Buda se ganó el respeto de la multitud, que lo amaba y seguía crecientemente, y terminó aplastando a los heréticos.

Las vicisitudes de Buda son aquí una metáfora de lo que le está ocurriendo a Leonel Fernández; pero Leonel Fernández se transforma en un símbolo, como si él fuera un Buda expectante a la espera de su milagro. De ésta forma entra en el simbolismo de lo sagrado. Mircea Eliades ha estudiado el simbolismo de lo sagrado, y si algo queda claro es que lo sagrado se manifiesta como poder, como fuerza. La transustanciación entre Buda y Leonel Fernández no es cosa de poca monta, porque Buda es “El iluminado”, con lo cual Leonel Fernández pasaría a ser “El León iluminado”. Y no se crea nadie que estoy bromeando, hace ya mucho tiempo que Leonel Fernández dejó nacer e instalarse en su siquis, un espantoso derecho de asilo a la egolatría en el seno mismo de su práctica política; y es el país el que ha pagado el narcisismo de un ser sobrenatural a quien debemos agradecerle que su efluvio celestial y su inteligencia prodigiosa nos haya guiado en las turbulentas aguas de la existencia.

Él no tiene que decírnoslo, porque, como afirma Paul Ricoeur, “hay más en un símbolo que en cualquiera de sus equivalentes conceptuales”. Auto-significarse como un Buda tropical, un “León iluminado”, es sobreconstruir el horror de alguien que se ha estremecido por todos nosotros, que ha juzgado por nosotros, que ha reflexionado por nosotros. Y un Buda está excluido de todo esfuerzo de explicación. ¡Para qué responderle a Quirino, si, a fin de cuentas, los heréticos serán derrotados! ¿Estar instalado en el simbolismo de lo sagrado no me dispensa de captar lo escandaloso que me salpica? ¿Buda, acaso, hizo otra cosa que no fuera inhibirse, dejar flotar el sosiego y la tranquilidad de su don de iluminado? ¿No fueron derrotados los rufianes apenas con un soplo de la pasividad del SER?

Sin dudas, Leonel Fernández está dotado de una purga emotiva y atraviesa una crisis de imaginación en apuro que quiere ser ingeniosa. Pero echar manos de Buda es un recurso insolente y una suprema audacia, que como huida lo hunde en el ridículo. Leí dos veces el artículo porque jamás creí que su megalomanía llegara a construir una imagen en la cual el pueblo es apenas un fisgón de sus dioses. Está sentado en la euforia magnífica de cantarse a sí mismo, y un solo movimiento compromete su percepción y su juicio. ¡Salve, Buda tropical, León iluminado, dulce redentor de la patria!

¡Oh, Dios!

Andrés Luciano Mateo
Hoy
Imagen: KeDificil.com

martes, 24 de febrero de 2015

Leonel Fernández: El iluminado



Leonel Gautama Buda
Sí a alguno de los 1,200 millones de cristianos en cualquier lugar del mundo se le ocurriera la grave apostasía de compararse con Cristo Jesús, Hijo de Dios,  es seguro que se ganaría un ramplimazo del obispado correspondiente, entre burlas y morisquetas del resto de los cristianos, además de que sería un caso de interés psiquiátrico.

No dudo que algo similar pudiera ocurrir cuando casi 400 millones de budistas se enteren de que en una remota isla del Caribe un político apóstata ha declarado públicamente ser Sidarta Gautama Buda parte II. (Por cierto, en sus mítines ya aparecen pancartas que rezan: “Primero Dios y después Leonel”).

Ramón Colombo
FOGARATÉ
elCaribe
Meme: KeDifícil.com