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jueves, 4 de julio de 2019

Punta Catalina es un concierto pandillero de empresarios reeleccionistas

    Plantas a carbón de Punta Catalina.

Catalina: La punta del diablo

Jesús dijo: “Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz” (Mateo 4:22). Una verdad más refulgente que cualquier luminaria. Justamente la luz que no ha podido encender Punta Catalina a pesar del dinero obsceno derrochado en ella y los años rendidos en la incierta espera. Si Danilo Medina hubiera intuido que el precio de su ligereza iba a comprometer la ruina moral de él y sus gobiernos, no se hubiera apurado en conocer a Luiz Inácio Lula da Silva. Pero estaba tan arrobado con la ilusión presidencial que perdió el sentido político de la realidad. Subestimó la fuerza mutante de los procesos y las volatilidades del poder. Jamás pudo sospechar que ese hombre inconmovible de estatura baja, voz trepidante y carisma magnético pudiera estar hoy en la postración que se encuentra. Ahora Medina está asustado, viendo en Lula su espejo y en la reelección una puerta para armar su impunidad.

Cuando resultó ganador de las elecciones de 2012, su primer viaje al exterior fue a Brasilia. Gobernaba entonces Dilma Rousseff, pero todavía la aureola de Lula gravitaba como pesada neblina en las alturas del Palácio do Planalto (sede del gobierno federativo). Desde su plácido retiro Lula controlaba todos los circuitos del poder y sus conexiones troncales con las grandes corporaciones del armazón mafioso que develó Lava Jato. Conocía de memoria su diagrama, sus redes y líneas de mando a través del “mecanismo” operado desde el mismo centro de Petrobras y las cajas B de las constructoras Odebrecht, Andrade Gutiérrez, Camargo Correa, Grupo OAS y otras.

Para un Danilo Medina recién estrenado en la presidencia, inexperto, tímido y apocado, tutear a un líder sin confines, como era Lula en ese momento, suponía gozar de un trance excitante de vida, más cuando conoció su carácter sociable, locuaz y cercano. Todas las razones y fuerzas del universo convencieron a Medina de que cualquier trato aun oscuro con los gobiernos del Partido de los Trabajadores de Brasil era más seguro y firme que el Cristo del Corcovado que guarda con celo la bahía de Rio de Janeiro.

En ese viaje Medina entregó sin resistencia su virginidad sin reparar en las secuelas, persuadido de que no había ninguna, ni el embarazo indeseado de Punta Catalina que hoy amenaza con abortar su memoria histórica. Bastaba recordar que la recomendación con Dilma Rousseff vino de la mano de otro nombre más poderoso que Brasil: Marcelo Odebrecht. Esta fue su carta de presentación y encargo: “Dada la importancia de nuestro trabajo en el país (República Dominicana), sería importante que la presidenta Dilma pueda en su próxima reunión con el recién electo presidente dominicano, fortalecer la confianza que tiene la Organización Odebrecht para cumplir sus compromisos; la provisión de, a través del BNDES, para apoyar las exportaciones de bienes y servicios de Brasil, continuando con los proyectos de infraestructura prioritarios para el país”.

Ahí nació el germen del maleficio, como pesadilla apresada en el silencio y atestada de sobresaltos encadenados que no le han dejado recrearse ni por un segundo de su soñada presidencia. Cuando ha creído atar un revés se desamarra otro. Así, a pocos meses de pensar que el caso de los sobornos iba camino a su archivo político y que las alfombras de una segunda reelección se tendían a sus pies se desparraman las vísceras de Punta Catalina pese a todas las componendas empeñadas para esconderlas. Vuelve el hechizo a zarandear los traspatios y los demonios de Odebrecht a perturbar los sueños del presidente.

El pecado original de Medina fue su ambición, esa fuerza ciega y contumaz que no solo lo empujó a las redes de Odebrecht sino a consentirle servilmente aquellos agrados que ningún expresidente vinculado a su trama osó permitir: establecer su centro mundial de sobornos (departamento de operaciones estructuradas) a pocas esquinas del despacho presidencial; aceptar la asesoría de Joao Santana para dos periodos; privilegiarlo como contratista del gobierno en desmedro de otras firmas locales sin considerar los conflictos de intereses implicados; pagarle cientos de millones de pesos con dinero del Estado y bajo códigos opacos de contratación, y, claro, otorgarle la obra pública más costosa ejecutada por la constructora fuera de Brasil y de toda la historia de las contrataciones públicas dominicanas, bajo el mismo formato de cooperación delictiva.

Como señal de un designio portentoso y cuando ya en el Palacio Odebrecht era caso cerrado, una investigación de un colectivo de periodistas latinoamericanos arroja la luz que Punta Catalina no ha dado. ¡Vaya milagro! En poco tiempo este equipo de investigadores logró lo que el flamante procurador de la República Dominicana no pudo (o no quiso) en años a pesar de tener (a pedir de boca) todos los poderes, instrumentos, medios y facilidades de cooperación judicial internacional como ningún ministerio público ha tenido en la historia: ¡los sobornos por Punta Catalina! ¡Dios no duerme!

Leo otra vez el luminoso texto bíblico: “Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz (Mateo 4:22). Vuelve el silencio a gotear sudores en el Palacio; se activan las reuniones secretas, las visitas furtivas del Procurador, las agendas misteriosas, los apuros de Peralta, los voyerismos del DNI, los mensajes cifrados, las consultas a puertas cerradas con los empresarios del “chucho” y las corridas sanitarias.


Y es que lo hecho con Punta Catalina no tiene madre. Es un concierto pandillero de reparto donde participan los mismos contratistas y empresarios que hoy aúpan la reelección. Punta Catalina nunca fue pensada como obra de desarrollo, esa fue la excusa; fue el negocio político más siniestro de nuestras baratas permisiones. Una muestra a escala modesta del submundo que nos maneja, soportado por una clase política torcida, un núcleo empresarial rapaz y una cortesanía de tecnócratas prestos para certificar con dinero sucio la “pureza” hasta del mismo infierno. Ahora el tridente mítico del diablo ya no tiene tres dientes; le basta con una sola punta para aguijonear la paz de los intocables de siempre: Punta Catalina.


José Luis Taveras
En Directo

martes, 11 de julio de 2017

Suelten a Odebrecht y dejen gobernar, ¡a trabajar!


¡Fracasaron los envidiosos conspiradores!
Ya dejen de joder de una buena vez y váyanse a trabajar, que eso es lo que necesitamos para seguir avanzando. Un país no puede detener su marcha por el ocio de unos pocos resentidos. Se les complació en todo: ¿No querían presos de Odebrecht?, ahí los tienen, independientemente del criterio de la Justicia, del que siempre Danilo Medina ha sido devoto. Pretendían tumbar al Gobierno con la bufonería del financiamiento electoral del presidente y les explotó el torpedo en las manos con la exculpación confesa de los imputados en Brasil. Solo les quedaba la punta de Catalina para aguijonear la paciencia del Gobierno y ya Agripino, con una moral “Estrella”, se la castró de un solo corte. Se quedaron desconcertados y huérfanos de argumentos. ¿Qué más quieren?

Dejen que el Gobierno se ocupe, como lo ha hecho, de mantener el crecimiento económico rozando los dos dígitos. Ese es el país que queremos y merecemos; lo demás es caos. Un futuro no se construye con envidias ni resabios. Pedir más es subversivo. La mayoría somos gente de paz y queremos vivir en paz.

Se ha jugado deportivamente con el Gobierno para distraerlo de lo único que sabe hacer: trabajar… y honestamente. ¿Saben ustedes lo que significa y cuesta mantener desconcentrada a una élite de tecnócratas como la que nos hemos dado en estos últimos diez años de progreso? Esas necedades populistas, alentadas por oscuros designios, les han sustraído atención a ministros hacendosos, quienes han tenido que abandonar sus altas responsabilidades para responder los agravios de un puñado de majaderos.

¿Qué quieren ahora? ¿Que el gobierno no trabaje? Claro, como la cultura sediciosa se nutre del ocio, nunca comprenderán, ni por pujo intuitivo, el inmenso valor del trabajo responsable. Su único esfuerzo leve, alevoso y fatuo es conspirar para derivar rentas políticas.

¿Acaso no se han preguntado qué sucedería si logran paralizar al Gobierno? Les presento una muestra catastrófica de ese riesgo para que lo piensen dos veces. Si eso pasara (que Dios nos libre), ¿quién les haría anécdotas y viejas historias trujillistas a los empleados de la Superintendencia de Seguros? ¿Quiénes ocuparían los asientos oficiales en el restaurante Don Pepe frente a un filete importado de ternera? ¿Quién atendería los iracundos reclamos cosméticos y quirúrgicos de la primera, segunda y tercera base? ¿Quién se ocuparía de los permisos para la instalación de estaciones de combustibles y bancas de apuestas en todo el mapa o de otorgar todo tipo de concesiones, permisos y licencias o de “torear” a la brava con las importaciones? ¿Quién emitiría y negociaría bonos soberanos para sufragar cualquier antojo? ¿Quién bucearía en los vericuetos de la magia para hacer “legales” contratas con intereses vinculados? ¿Cuál de esos haraposos opositores iría a pasar trabajo en una suite del Waldorf Astoria de la Park Avenue en misión oficial para representar al país en tediosas comilonas (y, para colmo, con una hembra “no oficial” de cuarto bate)? ¿Quién bailaría “Despacito” a bordo en primera clase? ¡Partida de envidiosos! Háganse…( ) un partido y cojan pela. ¡Déjennos gobernar!

Son depredadores de esperanzas e insidiosos contumaces. Nunca están conformes; su oxígeno es el pesimismo como ideología y negocio. Reclaman lo que el Gobierno les resuelve solo para ganar tribunas inmerecidas. Díganme, ¿cuál denuncia no ha sido respondida? Los Tucano: en investigación; Odebrecht: en investigación; la OISOE: en investigación; el CEA: en investigación; los Tres Brazos: en investigación; el financiamiento de la campaña del presidente: en investigación… (¡Perdón!, esa no; se me escapó por el ritmo infeccioso de la letanía).

Están desesperados, detonando sus últimos petardos, y para colmo sin dinero porque “el gran empresariado” les retiró los 30,453 pesos con trece centavos que aportaba para sus marchas rodantes, bajo el legítimo reclamo de que ese dinero era para bailar bachata y lo dilapidaron en un vulgar perreo (dembow) conspirativo. ¡Abusadores!

Prepárense para un suicidio colectivo cuando, para rematar, aparezca la encuesta sobre la popularidad del presidente, de esas buenas mediciones que se hacen sin el fragor, las sospechas ni los celos de la zafra electoral. Tendrán que martillarse la cabeza cuando vean ese 58 % ¡clarito!; se lo tragarán sin saliva. Y la sorpresita: en diciembre empezarán a sonar los villancicos reeleccionistas con “unción” electoral incluida. Suelten a Odebrecht y dejen gobernar. ¡A trabajar!

PD. Atención: Dirección General de Comunicación de la Presidencia.  Me pueden enviar el chequecito a la dirección que les di. No se confundan otra vez; no trabajo en el Listín Diario ni en Zol FM. Si les resulta más cómodo, favor transferir al Deutsche Bank, Panamá City. Cuenta 666-6969-2020.


José Luis Taveras
Acento

martes, 4 de julio de 2017

Informe Comisión obliga arduo trabajo a bocinas del régimen


¡Qué punta!, la de Catalina
Al informe de la comisión de Punta Catalina le nació moho. Llegó tarde al debate, cuando ya no había sorpresas. Su publicación no arrancó ni un suspiro, quizás un concierto de aburridos bostezos. Me pareció oír un cuento de cama infantil en el que siempre hay un final feliz que el sueño se empeña en malograr.

La prensa le dio un despliegue señorial, pero su futilidad fue tal que ni a los mismos voceros del Gobierno les animó resonarlo. El informe perdió lo que lo motivó: utilidad propagandística y pertinencia política. No convenció ni a sus autores; basta advertir las sensibles inconsistencias entre las comprobaciones y las conclusiones: un divorcio claro. Pero se impuso el mandato político implícito de concluir como lo hicieron; los notables tenían la obligación de reciprocar la distinción de su escogencia por un presidente en apuros. Desde ese ángulo, más que complaciente, fue humanitario. Los comisionados pueden marcharse satisfechos, cumplieron con su inútil trabajo; al menos le quedaron bien al presidente. ¡Buenas noches!

El informe concluyó como todos esperábamos: agua cuando llueve y calor en verano.  Algunas “fallas” y hallazgos que pudieron ser denunciados fueron disimulados en forma abstracta, algunos bajo un pliego de propuestas genéricas. Confirmó también ciertas cosas que el sentido más común nunca consentiría, como que la obra pública más costosa de la historia se construye en ¡terrenos privados!, mediante un arrendamiento enfitéutico. ¡Cuánto daría por ser Vicini! Ese es apenas el comienzo de lo que nunca se contó ni se contará. Secreto de tumba…

El  informe más creíble nace del correlato enredado en la comisión que lo emitió: su presidente, con graves conflictos de intereses corporativos; un miembro guardando prisión por aceptar sobornos de la empresa constructora; otro, en pleno desarrollo de la “investigación”, denunció que el Ministerio Público debía intervenir en algunos descubrimientos y, para rematar, la obra fue incluida dentro del expediente de los sobornos. Ahora nada raro pasó, excepto que el precio estaba por debajo de lo razonable y que no hubo fraude en su adjudicación. Total, eso le bastaba al presidente. Debiéramos entregar la condecoración más alta a Odebrecht y quizás un bono extra por su pulcritud. Juzgue usted.

No obstante, aun de este bagazo el Gobierno hará un jugo para refrescar la atosigante propaganda de Punta Catalina. Es increíble lo que está malgastando en publicidad. Punta Catalina es omnipresente: sale en la radio, en la televisión abierta y por cable, en las redes, en los diarios impresos, en el cine y hasta en los jueguitos virtuales que por ocio se descargan. Esta saturación demencial está creando un efecto contrapuesto de repulsión masiva. La desesperada necedad del Gobierno es tal que no comprende una realidad ostensible: la gente no se queja ni reclama por la obra ni cuestiona incluso su necesidad; el problema obstinadamente eludido es la corrupción que se anidó en su ejecución y construcción y la reticencia del presidente para hablar la verdad. No es cuestión de los empleos ni la energía que genera, sino del costo que agregó como otro pasivo a las viejas deudas institucionales. Es como destacar, frente a un posible comprador, las ventajas y atributos de un vehículo robado.

Ahora el presidente usará el informe de su comisión para dar por cerrado el caso, como si se tratara de una sentencia absolutoria; algo parecido a lo que hizo con las declaraciones de Joao Santana y Mónica Moura en Brasil respecto del financiamiento de su campaña por parte de Odebrecht. Después de este cierre pedirá a la nación concentrarse en el trabajo y atender los retos apremiantes, con unos cuantos comunicados de apoyo de otros notables de igual estirpe para que el vulgo calle su estridencia populista. Lo demás será un fino y retribuido trabajo de las bocinas de distintos tonos y cuños. Piñatas de papeletas. Un festival de coloridas distracciones matizarán las expectativas de justicia y el sol se pondrá sobre la rutina, calentando la ruda sobrevivencia de cada día… (Suénalo, Martín… ¡eso!*).


José Luis Taveras
 Letras Libres
 Acento

* Nota DLRD:
Suénalo, Martín… ¡eso! / El autor utiliza una frase grabada en varias ocasiones en su discografía por el merenguero Fernando Villalona. Se refiere al trombonista Martín Villalona, su hermano, y que al anunciarlo así, hacía un solo en el paseo de la pieza interpretada. José Luis no nos ha autorizado a hacer esta nota, pero se alegrará de saber que sus fans entendemos a cabalidad todos los vericuetos de sus artículos magistrales conque orienta al pueblo dominicano.

martes, 6 de junio de 2017

Ideólogo plantas a carbón Punta Catalina envía mensaje a idiotas


Camaleón
Al Presidente puede llamársele sin ninguna duda camaleón, según las fechas del año toma posiciones para agradar al oído de quienes todavía creen en él. El ideólogo y promotor de las plantas a carbón de Punta Catalina, plantas obsoletas, prohibidas en todo el planeta por lo contaminantes que resultan, envía a los idiotas gobernados por su gobierno un mensaje en el 'Día Mundial del Medio Ambiente', donde dice textualmente: "...deseamos que nuestro pueblo tome conciencia de lo que significa para la humanidad entera el evitar la contaminación...".

¡Qué cojones tiene este tipo! (como diría José Luis Taveras).




Luis Del Monte / DLRD

jueves, 25 de mayo de 2017

Por más titulares que le den no convocan ni provocan; definitivamente hastían


“Coño, soy comunista... ¿y qué?”
La construcción de nuevas conciencias a partir de la democratización de la opinión gracias a las redes sociales y al acceso a la información ha revelado una nueva dinámica en el debate público. Los dueños de la verdad han visto perder su dominio, y las autoridades del pensamiento su influencia. El dominicano ha madurado a golpe de agravios y exclusiones. Aquella sumisión ha cedido a una actitud más contestataria. El debate nacional tiene ahora nuevas dimensiones, contenidos e interlocutores.

En el pasado la información era vertical: en el vértice estaban los centros de poder y en la base los consumidores pasivos de la información social. Antes, los medios tradicionales decidían qué era noticia, un “producto” que ya venía procesado; ahora la información es horizontal; cada quien la produce de forma relevante desde las propias redes sociales, en las cuales los medios son unos usuarios más.

Durante cuatro décadas esta era la predecible historia dominicana: La agenda la imponían los intereses del status quo. El guión se repartía entre los medios, el gobierno y contados burós empresariales. La legitimación estaba en manos del clero y unos “expertos” solventados por el mismo núcleo empresarial, quienes además de avalar académicamente “las verdades”, las envasaban, para su consumo masivo, en unos clichés repetidos hasta la imbecilidad. No había manera de invalidarlos considerando que sus artífices encarnaban la divina representación del consenso social. Cuando las presiones de la base excluida se recrudecían, esos ejercicios se trasladaban entonces a las tablas pontificias para montar, con el mismo reparto, unos pesados musicales llamados “Diálogos Tripartitos”, basados en guiones estandarizados. El efecto era socialmente somnífero.

Alguien podía preguntarse, a la altura de este párrafo, por qué escribo en pretérito si el cuadro antes descrito mantiene toda su vigencia. Sí, ciertamente se conservan los mismos repartos, pero el guión ha cambiado. Ya no es la verdad de todos, es la verdad de “ellos”. No solo sus conceptos se han relativizado, hay otra capacidad para discernir los intereses subyacentes. La médula crítica de la conciencia social ha expandido sus dominios. El razonamiento social ha elevado su perspectiva. Ya las ideas que nutren el juicio público no son asimiladas por simple porosidad, sumisión o mimetismo, hay gente nueva pensando diferente. Mentes formadas, estructuradas y sensibilizadas están comprendiendo que no pueden agotar sus vidas bajo paradigmas fallidos en una sociedad que no avanza ni retribuye razonablemente sus inversiones existenciales.

En las generaciones emergentes se están revelando nuevas visiones y talentos que solo esperan el espacio para aportar o arrebatar, si fuere necesario. Veo emerger a una nueva conciencia social audaz, frontal y emprendedora que busca formas legítimas para articularse. Los pequeños dioses que durante casi medio siglo han mantenido el protagonismo social, político e histórico tienen sus días contados; algunos esperarán, como siempre, que la muerte los saque del escenario, pero la mayoría ha perdido autoridad referencial. Por más titulares que le dé la prensa tradicional, ya no convocan ni provocan; definitivamente hastían.

Una de las armas del sistema para reciclarse es el rescate, por parte de sus opinantes oficiales, de los estereotipos para invalidar los nuevos juicios y visiones. Como hasta hace poco vivíamos en un mundillo unipolar de opinión pública no había disensión relevante sobre sus contenidos. Esa realidad ha cambiado y hoy abundan focos de contestación con niveles meritorios de conceptualización. El sistema, amenazado, empieza a defenderse y su cortesanía intelectual lanza desde sus trincheras descréditos envueltos en estereotipos de papel. Los que no profesan su fe, que supone comulgar con los sagrados intereses del establishment, son tachados con la marca de la bestia apocalíptica. Los estigmas ideológicos de ayer, con nuevas etiquetas, vuelven a aparecer y es así que los “comunistas” de décadas perdidas son los “populistas” de hoy; los que defienden derechos sociales o militan en causas colectivas son “fundamentalistas”; la opinión que no respeta los protocolos ni reverencia a los iconos es “amarillista” y el que piensa sin cobijos es visto con ojeriza.

La lógica de los estereotipos es perceptiva y de categorización, pero de forma falsa e inexacta. Se manipula para que su víctima se asocie con la percepción prefabricada y, sin considerar el valor de su idea, sacarla del debate. Cuando a tales tachas se le suman valoraciones personales de descalificación, entonces lo que queda es un residuo fecal del sistema. Si los estereotipos fueran resultado de elaboraciones conceptuales racionales ¡bienvenidos!, pero no; en nuestro caso suelen ser fórmulas peyorativas que nacen de los prejuicios y la intolerancia de una cultura autocrática.

Recuerdo una crónica anecdótica que me narrara mi tío, ya fallecido, Danilo Taveras, uno de los mejores dramaturgos dominicanos. Siendo un antitrujillista furibundo fue llevado a “La Cuarenta”. Al momento de ser torturado debía confesarse comunista. Mi tío, obstinado como un mulo, gritaba a todo pulmón que no lo era. Cuando el magullamiento de los testículos era insufrible, el dolor entonces habló: “coño, soy comunista ¿y qué?”; a partir de esa declaración empezó la verdadera tortura. El relato lo traigo a la memoria para recrearlo en nuestro contexto. Aceptar o no los estereotipos, es indiferente porque si no lo eres sufres las mismas consecuencias que si lo fueras.

El fenómeno que se está dando hoy es que la participación ciudadana emerge de abajo hacia arriba como respuesta a las necesidades de sus propios espacios. Vivimos una intensa horizontalidad de la acción colectiva. Una muestra de esa transformación es la forma cómo la movilidad de las comunidades de base se articula y organiza espontáneamente con liderazgos locales que promueven la inserción de la gente en la solución de sus propios problemas.

Creo más que nunca en el diálogo social de abajo hacia arriba; precisamos de nuevas ingenierías en concertaciones sociales. El modelo de diálogo vertical y de cúpulas (gobierno-burós empresariales-“sindicalistas”, con el arbitraje clerical de siempre) debe ser sustituido por formas más creativas y horizontales de consulta popular; es tiempo de construir una democracia menos representativa y más participativa.


José Luis Taveras
En Directo
Diario Libre

martes, 23 de mayo de 2017

Esta vez no será igual, ¡midan bien sus pasos!


¡Peligro!, de verde a rojo
El que crea que esto se va a acallar por ahora, que se siente a esperar.  La resistencia social a la impunidad va para largo y es irreversible: mala noticia para los políticos que están y los que quieren llegar. Ya la sociedad comprendió la conexión causal entre corrupción y su pobreza, dos realidades que nos empaquetaban de manera separada. Estamos despertando tardía pero consistentemente; en eso no nos parecemos a lo que éramos hace apenas dos años. Quizás ese sea el giro social más notable de las últimas décadas. Y lo más importante: lo hemos asumido de forma ordenada y consciente.

Cuando una sociedad eleva el contenido y la expresión de sus reclamos es porque ha procesado de forma más racional y autocrítica su realidad. Esta no es la nación de otros tiempos que demandaba violentamente atenciones primarias como comida, empleo, pavimento y luz; sus preocupaciones alcanzan otras alturas. Para la sociedad de hoy la institucionalidad es tan vital como el pan, porque sin orden ni respeto a la ley la convivencia se hace cara, dura y hostil; lo ha entendido a fuerza de crudos padecimientos, pero no está dispuesta a aceptar más sumisiones.

Y gracias a Dios por Odebrecht; necesitábamos un shock que abriera la grieta con ese pasado; que nos sacudiera rudamente. Este evento sirvió de detonante a una acumulación histórica de resistencias. Nada distinto a los grandes cataclismos sociales de la historia universal: la Revolución francesa empezó por la escasez de pan, la Primera Guerra Mundial por la muerte de un archiduque, la Primavera árabe por la inmolación de un vendedor tunecino en protesta por el despojo de sus mercancías por parte de la Policía. Puedo citar una veintena de hechos aparentemente aislados y cotidianos que acontecieron en el momento y lugar oportunos como válvula de escape a la presión contenida por años de resistencia. Aquí hay mucha gente indignada, celosamente atenta al desenlace de esta maraña.  Esta vez no será igual; repito: no será igual.

Si el PLD y el gobierno aspiran a sortear políticamente este trance con salidas irresponsables o destempladas, sufrirán su peor trauma. Pensar que los reclamos por justicia son febrilidades de ocasión o acciones oportunistas de la oposición es perder el sentido de la realidad. Politizar este fenómeno es torpe y miope. Esto va en serio, nadie anda jugando ni consentirá con relajos. Una burla a la decencia institucional pone pensamientos obsesivos en mentes quebradizas y acciones desbocadas en voluntades intolerantes. ¡Cuidado! Cuando las reacciones sociales se desbordan, los llamados a la mesura apenas son gemidos de cachorros que se ahogan en el ruido de los estallidos.

El riesgo de una situación de ingobernabilidad pende del manejo que el gobierno le dé al caso Odebrecht. Léanlo bien: aquí nadie anda conspirando ni pidiendo sangre corrupta, pero tampoco la sociedad se quedará de brazos cruzados si se impone la trama política que empezó a gestarse desde que se sacó a Odebrecht como acusada. Esa es la verdadera conspiración; la que además pretende exculpar al presidente Medina en el financiamiento irregular de sus campañas con la sola y simple declaración de una acusada mendaz en Brasil y a pesar de las pruebas testimoniales y documentales que sustentan los trasiegos de fondos a través de terceros países a la República Dominicana.  Esa prueba tendrá que venir y el procurador está obligado a pedirla; hay una denuncia bien ponderada presentada por varias organizaciones civiles; eludirla sería insensato. No juguemos con candela para que no nos lamentemos. Esto es una advertencia y no una amenaza, para aquellos que distorsionan todo lo que no les conviene.

Sin ser iluso, creo que una gestión opaca y sesgada del caso Odebrecht avivará una combustión social jamás deseada. De este barullo será difícil salir políticamente ileso. Y no es que haya una urdimbre en ciernes para tumbar al Gobierno, pero nada podrá impedir una respuesta social de calle cuando ante un reclamo tan visceral por justicia la autoridad judicial se sume a la trama de impunidad.  Entonces añoraremos los tiempos pacíficos de verdes reclamos. Aquí el único que puede conspirar es el mismo Gobierno, quien es a la vez acusador y acusado. Estaremos atentos a ver quién se impone a quién. Entonces en verdad no nos importará que “caiga quien caiga”…hasta el mismo Gobierno. El jueguito le puede resultar pesado: ¡midan bien sus pasos! ¿Estamos?…


José Luis Taveras
Letras Libres
Acento

martes, 16 de mayo de 2017

Danilo Medina no somete a nadie

     Masada. National Geographic

La historia perdida en unas fotos
El poder, para la alta dirigencia peledeísta, es hábitat y vida.  Esa gente no ha conocido mejor manera de realizarse ni de probar el éxito. Desde Leonel hasta Danilo el Estado ha sido la única y espléndida razón para viajar en primera clase, aspirar el olor a piel en carros de colección, catar un vino de reserva, tutear a una celebridad, darse amantes, tener cuentas en banca extranjera, ser distinguido, atraer a las cámaras, explorar sensaciones lúdicas inconfesables y despertar admiración propia. Basta ojear pausadamente la historia de cada asiento en el soberano comité político.

Hace poco llegó a mis manos una colección de fotos inéditas de ese pasado. Lo que vi me dejó aturdido. Algunas rescataban viejas carencias que hoy abochornarían a muchos. Cada foto arrastraba una reflexión obligada que ponía en blanco y negro el antes y el después. Todavía sus imágenes respiran; contemplar cómo los enseres de las casitas de altos dirigentes desvestían las penurias de esos días batió en mi ánimo un revoltijo de emociones cruzadas, y ni hablar de los fundillos diluidos, las correas corroídas y las suelas remendadas de un ministro respetable cuya imagen de hoy es apetecida por la crónica rosa. Labios secos y cenizos en rostros grasos, así como anatomías pálidas y macilentas que apenas encajaban en camisas y pantalones ajados eran apenas parte de la barata utilería de esos rudos ambientes de privaciones, como testimonio del socialismo teórico en “tiempos de olla”.

Mi interlocutor, de reservada identidad pero con una historia añeja de peledeísmo old fashion, animaba con detalles y coloridos cada foto; lo hacía con tanta lealtad que sus gestos y descripciones despertaban hasta el rancio aroma de esos momentos. Me contó quiénes eran, qué hacían y cómo vivían; yo conocía la historia de otros. Después que el PLD se convirtió en lo que es hoy, esos muchachos, inflados de inspiraciones patrióticas, sueños épicos y energía moral, tomaron rumbos paralelos a un pasado mil veces conjurado que solo revive en anécdotas chistosas de encuentros bohemios. El poder los hizo insensiblemente grandes.

En la cultura peledeísta el poder es oxígeno, sangre y sueño. Para un dirigente, salir de la administración pública es destierro, locura y muerte; algo así como perder la identidad, la orientación y los sentidos. Y es que el poder desbordó sus sueños sin otro aporte que la militancia como contraprestación. El mejor negocio del mundo.

En la estructura síquica del peledeísta la sumisión partidaria es religión, porque el partido es el poder, ¿o el poder el partido? ¡Qué importa! Lo importante es que el poder los hizo gente pero les quitó humanidad. Por esa razón, salir del gobierno es la más oprobiosa de todas las degradaciones.

Es iluso pensar que Danilo Medina, como arquitecto del populismo burocrático, disponga un expediente acusatorio en contra de un funcionario cuando por corrupción tiene que destituirlo. Danilo, que es mentor y decano de esa cultura, sabe lo que significa para un peledeísta ser apartado del poder. Él padeció las inclemencias de ese exilio y cuando rivalizó con Leonel, en los años dorados del viejo líder, confirmó testimonialmente lo que significa el poder del poder con aquella memorable expresión: “el Estado me venció”. La condición de exfuncionario en un gobierno del PLD es afrentosa y dolorosa. Los viejos compañeros se ausentan, las puertas se cierran, las miradas se escurren y en las reuniones su presencia se convierte en un disolvente natural. El peledeísta, comesolo por genética, solo es solidario en la bonanza y aun en esa condición lo único que puede dar o esperar es la complicidad.

Danilo no somete a nadie. En sus gobiernos los escándalos se apagan con otros ruidos, las denuncias se disipan como espumas y los procesos se diluyen en la instrucción. Todo se guarda en el silencio o en la tácita aceptación. El presidente ha impuesto la ética de la conveniencia: una visión permisiva y voluble que relativiza aquellos desmanes que en contextos racionales abrirían investigaciones complejas. En el gobierno hace tiempo que no se escuchan latidos morales. Danilo Medina tiene manos de mujer para tocar la corrupción; no puede empuñar virilmente un maldito coño y soltarlo sobre la mesa frente a un Procurador.

Para el PLD cualquier queja es un grito resentido de los envidiosos, esos que, según ellos, critican con amargura porque no están en el poder. Claro, esa es una valoración correcta cuando el poder es razón de vida y motivo de culto, por eso se cortan las venas si salen de él. Ojalá tengan la dignidad de acometer un suicidio masivo como sucedió en las heroicas cumbres de Masada en el siglo I de nuestra era; entonces contaremos otra historia… aquella que debieron narrar esas fotos arrugadas.  


José Luis Taveras
Letras Libres
Acento

martes, 2 de mayo de 2017

Este gobierno se caerá por sus propios tumbos enredado en sus traspiés


Amarante, tumbaría a tu gobierno, pero…
Que lo sepan Danilo, Sigfrido, Amarante y don CONEP: ganas ni motivos no me faltan para tumbar al gobierno. Y cuando hablo de “ganas” no aludo al apetito voraz de los sentidos; hablo del ímpetu ciego e intuitivo del coraje. Es más, ese deseo ha echado hondas raíces de convicción, sobretodo cuando veo, escucho y sufro cada semana un escándalo impune. Les aseguro que a muchos dominicanos les provoca tal seducción, pero prefieren eructar un coñazo y tragar el encono, persuadidos de que no vale la pena derramar una gota de sangre por este sistema.

Si algo meritorio pudiera hacer en mi vida sería conspirar. Díganme: ¿cuál espectáculo pudiera compararse con el derrumbe de esa logia gobernante? ni la Toma de la Bastilla o los gritos de Waterloo arrancarían tanto delirio épico que ver colapsar a esa mafia sobre sus propias inmundicias y aspirar la polvareda que levanta su pesada caída. Pero sé que el cuadro de convulsión social que pudiese alentar esa epopeya sería humanamente costoso y solo beneficiaría a las elites de siempre, sobretodo a aquellas que se cobijan bajo la sombra del “hombre de los vientos”, ese que en el silencio guarda abiertas las heridas que Danilo Medina le infligió para despejar la reelección.

Si Amarante Baret quiere hallar intrigas sediciosas no debe ir lejos: le bastará buscarlas adentro, en su propio partido (que es Estado, gobierno, país, religión, cultura, negocio y empresa). Los conspiradores están a la distancia de un abrazo, en el susurro de un halago, a la mano de un “saludo, compañero”. Fuera de ese entorno, nadie está en eso. Este gobierno se caerá por sus propios tumbos enredado en sus traspiés. Sería antihistórico activar las fuerzas populares para aventuras suicidas en contra de un gobierno que languidece en el umbral de su agonía moral.  Se caerá, sí, pero por su propio pecado.

Con toda justicia, el gobierno debiera laurear todos los días a la Marcha Verde, que pudiendo crear un ambiente levantisco, ha reclamado de forma ordenada y cívica lo que en otras latitudes se exige con asaltos, saqueos, paros y sediciones.  Si eso es conspiración no me imagino lo que sería una revuelta en la mente febril de estos funcionarios. Lo que pasa es que el sistema político estuvo adaptado a una sociedad fóbica y ausente que se escondía de su propia cara, con miedo a sentir su miedo y a perder lo que nunca había logrado. Esa gente por fin despertó y se dio cuenta de que el suelo donde construía su futuro era un humedal movedizo corroído por la corrupción de políticos y empresarios, cuyas culpas y temores hoy les hacen ver fantasmas golpistas hasta en la descarga del inodoro.

El germen de la conspiración late y respira en el propio gobierno. Si Danilo Medina y el PLD manipulan, negocian, encubren, protegen, apañan y apadrinan en el caso Odebrecht, no podrán esperar flores ni poemas. En cambio, si garantizan un proceso sin contaminaciones ni cargas podrán terminar al menos su mandato. Las señales enviadas hasta el momento son dudosas y aún así el pueblo protesta pacíficamente. De manera que no busquen esas intenciones de este lado; al gobierno lo tumba la impunidad y en esa decisión manda el presidente.

Le aconsejo a Sigfrido Pared y Amarante Baret dejar de espiar pecados de gente inocua, a menos que el voyerismo sea para ellos una  debilidad lúdica. Si es así, les recomiendo abrevar en la intimidad de sus compañeros de gobierno, esos que se ufanan de sus logros, posesiones y de sus proezas viriles incitadas por los mimos de caras amantes faranduleras y de silicona pagadas con fondos públicos; viejos putos recauchados con cirugías bariáticas, pastillas levantadoras, tratamientos faciales, tintes capilares, adicciones enólogas y ridículos esmeros de vida burguesa.

La pregunta obligada es a quiénes espiaban estos funcionarios cuando Odebrecht repartía como piñata sus sobornos; cuando Ángel Rondón andaba orondo con maletín en mano repleto de seducciones; cuando esos senadores “fashionistas” se reunían en secreto para concertar aprobaciones de microondas; cuando Joao Santana se comunicaba con sus socios en Brasil para confirmar las transferencias de los pagos de la campaña de Danilo. Hicieron tan bien su trabajo, que la Procuraduría dominicana no tiene en su mano ni un solo papelito, reporte ni informe de inteligencia para sustentar una investigación decente, más tratándose de operaciones ilícitas de personas e intereses extranjeros con el Estado dominicano. Si no hubiera sido por las autoridades de Brasil y Estados Unidos, Odebrecht estuviera hoy comprando voluntades como en cualquier mercadillo de fruslerías con la protección del DNI.

Y es que las agencias de inteligencia del gobierno, lejos de velar por la seguridad e integridad del Estado, son centros de comadreo para invadir intimidades, espiar opositores, mancillar reputaciones, propalar campañas sucias, traficar y extorsionar con informaciones y servir a intereses particulares y corporativos.  Una herencia infame del trujillismo ilustrado.

Sigfrido y Amarante, me gustaría conspirar, pero me provocan motivos más excitantes, esos que ustedes “disfrutan” en los registros y grabaciones de mis ardientes y húmedas intimidades… ¿les gustan? (lol).


José Luis Taveras
Letras Libres
Acento

martes, 28 de marzo de 2017

Ante este vacío, propuestas concretas!


Cuando asesinar es épico
A mis amigos de Masada, Somos Pueblo, Santiago Somos Todos y Fin de la Impunidad, muchachos viejos con sueños vírgenes. Los recojo en un solo abrazo, como se acopian los follajes.

En el mundo occidental ruge un sentimiento antipolítico que ya cuenta con su propio discurso. Esta aversión o desafección no solo nace de un agotamiento de la cultura, la tradición, la comunicación y la representación políticas, sino de una historia de fracasos, negaciones y deudas.

Mientras las sociedades avanzan a su ritmo, los modelos políticos permanecen encallados en prácticas y concepciones obsoletas que pierden pertinencia ideológica, fuerza interpretativa y capacidad de gestión. Se pierde así el puente entre la sociedad y sus representantes, quienes son vistos, por la primera, como sus antagonistas. La degradación ha sido tal que hoy es al pueblo a quien le ha correspondido defenderse de sus “políticos”. En esa dinámica paradójica de la historia, la sociedad postmoderna se mueve de distintas maneras hacia una “despolitización” de la política. Esa es justamente la dogmática política implícita de la rabiosa antipolítica que hoy rueda en las capitales del mundo.

¿Cómo despolitizar a la política? A partir de la experiencia española, norteamericana y en parte la latinoamericana se destacan dos visiones cimeras: una que procura ese efecto a través de la corrección ética de la cultura política para sanear o reencausar su accionar, y la otra que postula el predominio del mercado sin interferencias de la propia política (Iazzetta, 2002). En el primer caso se agita un verdadero fermento de cambios con el desgaste de la vieja partidocracia; en el segundo, se proponen gobiernos tecnócratas con visiones empresariales de fuerte inspiración neoliberal o republicana que conciben la gestión del Estado como un ejercicio neutral absolutamente gerencial y sin un compromiso social relevante.

En una sociedad política “desideologizada” como la nuestra, su despolitización entraña una tarea más constructiva que reformadora: hay que partir de cero, considerando que el quehacer político se ha limitado a una competencia sorda por el poder como medio, fin y razón.

Los partidos perdieron dimensión ideológica y conexión social, deviniendo en simples estructuras electorales ensambladas para llegar al poder o participar en el reparto de sus cuotas. Una vez en el gobierno, su misión se desperdiga entre la explotación personal de los negocios del Estado y la repartición de cargos en la burocracia pública. Mientras en una buena parte de los países latinoamericanos las posiciones públicas se ganan por oposición con base en el talento y la competencia, aquí se compran por apoyos financieros electorales, por militancia, por pactos de negocios o por criterios tan discrecionalmente absurdos como ¡una relación carnal!

Siempre recuerdo una memorable expresión de Hipólito Mejía cuando siendo presidente electo dijo: “a mi gobierno irán solo los que se fajaron”. “Fajarse” significa pegar afiches, “caravanear”, mover traseros, contribuir financieramente con las campañas y todos los rudos oficios que compromete el canibalismo electoral dominicano. Esos son nuestros políticos y esa es nuestra política: activista, callejera y villana. Eso explica el por qué la administración pública está plagada de gente inepta cuya única preocupación y ocupación es escalar socialmente a través del presupuesto público. Lo desconcertante es que la llamada oposición no se ha renovado ni ha propuesto una visión distinta a ese anacrónico paradigma que ha “industrializado” el PLD. Algunas  “nuevas opciones” vienen fundadas sobre un rancio caudillismo nada envidiable al de Balaguer, donde todo se negocia, menos su ego.

La tarea ciudadana se agiganta y adquiere horizontes impensados. Hay que asesinar a ese modelo que se resiste a claudicar. El mismo que ha fomentado la cultura de la “silicona política” que incita a la sensualidad del poder para hacer riqueza, ganar influencias, coronar mediocridades y viciar conciencias. Hay que desarraigar ese fermento antimoral de la política; sí, el que prohíja las mafias empresariales, los pactos de repartos, la corrupción sin castigo, la explotación mercantil del hambre, la enajenación de la hacienda pública y el que usa la política como proyecto de realización personal.  Se trata de un desafío mayor que marchar: es proponer rumbos, exigir espacios, levantar y negociar reformas institucionales de fuerte inspiración popular. Hay que pasar de la emotividad a la racionalidad; de la catarsis, a la reflexión; del músculo, a las neuronas; de la coyuntura, a la permanencia. Hay que dejar legados…

La lucha ciudadana debe marcar distancias, cerrar puertas, fijar fronteras y parar en seco a aquellos que ondean la bandera de la lucha en contra de la corrupción con la única moral de estar en la oposición. No nos equivoquemos: nuestra lucha es en contra del sistema impuesto por esa cultura política disoluta que se anida en el ADN de todos los partidos. En ese espacio no hay buenos ni malos: solo políticos.

Nuestro trabajo es arrancarle cambios al sistema, tales como establecer el referendo revocatorio para los cargos de elección popular y el referendo consultivo para afirmar la democracia participativa; la creación de la Fiscalía General contra la Corrupción y el Crimen Organizado con autonomía presupuestaria, funcional y dotada de un estatuto de elección por oposición; la reestructuración de la Cámara de Cuentas; la creación de un órgano legislativo unicameral; la puesta en vigencia de una ley de partidos abierta y justa; la modificación de la ley electoral; la reestructuración del Consejo Nacional de la Magistratura, por solo citar algunos apremios. Y para desarmar los fanatismos prejuiciosos no hablo de abandonar los reclamos por el fraude Odebrecht; me refiero a darles más perspectiva, alcance y trascendencia a las demandas ciudadanas.

Tampoco se trata de la lucha de los buenos contra los malos. Es de darnos un sistema de orden, legalidad, transparencia y autoridad como es el derecho de una sociedad moderna. Ahora nos ha tocado un régimen desertor de esa misión; mañana será otro. No soy antipolítico ni propongo una antipolítica confesional; creo que la sociedad política, al perder su identidad, abandonó de forma deliberada su rol natural; ante ese vacío, emerge la acción ciudadana, no con propuestas mesiánicas ni retos épicos sino con propuestas concretas.


José Luis Taveras
Letras Libres
Acento

martes, 14 de marzo de 2017

El monstruo saldrá de su hibernación y pedirá sangre


Odebrecht en el país de los zombis
A pesar de su impreciso origen, el vocablo zombi encarna un mito. Representa a un cadáver reanimado que no puede recuperar de forma plena sus funciones vitales. En las creencias animistas africanas, de donde deriva remotamente el término, el zombi es un muerto regresado a la vida pero sin alma. En el imaginario mágico-religioso vudú, es un muerto resucitado a través de los poderes mágicos de un bokor (hechicero) para tenerlo como esclavo.

Las elites dominantes han contado con una sociedad zombi rendida ancestralmente a sus mágicos designios. En sus fantasías místicas se prefiguran como unos houngan (sacerdotes) del vudú en pleno trance posesivo a quienes ningún aldeano puede tocar, mucho menos disputar sus imposiciones. En esa lógica torcida del poder los líderes del PLD y sus gobiernos han fortificado todo un imperio de domesticación tribal que envuelve los elementos más diversos del rito hechicero, tales como subsidios sociales, subasta de cuotas de poder, compra de opinión y votos, marketing de dominación, negocios y contratos públicos, control de medios, entre otros.

El caso Odebrecht ha afirmado, a modesta escala, la valoración que tienen el Gobierno y el PLD de la inteligencia social. Se acostumbraron tanto a la sumisión de sus gobernados que no guardan ningún reproche para justificar sus desmanes. Y hay que ver cómo lucen en sus expresiones: convencidos de sus propias patrañas y confiados de que gobiernan a un colectivo de descerebrados que como zombis dan tumbos sobre sus babas animados por los instintos. Veamos.


Odebrecht ha confesado en Brasil, Estados Unidos y Suiza haber estructurado un patrón único de soborno para “ganar” licitaciones en todas las plazas donde tenía operaciones; claro, menos aquí, según el Gobierno y el PLD, por ser la República Dominicana la Suecia del Caribe.

Odebrecht declara que el esquema único utilizado en toda la red de sobornos era a través de agentes influyentes o funcionarios del Estado, menos aquí, según las bocinas del Gobierno, donde prevalece un sistema de control tan cerrado y severo que obligó a la empresa a hacer pagos por servicios de representación y consulta a un empresario de probada moral como don Ángel Rondón, en vez de recurrir a los abominables sobornos como hizo en aquellos países sin fortaleza institucional.

Odebrecht confiesa que dentro de su estructura corporativa operaba un departamento para el pago de coimas y financiar candidatos a la presidencia bien posicionados, sufragando sus campañas con dinero o a través de los servicios del estratega Joao Santana, a quien le cubría sus honorarios. Sucede que, por un evento absolutamente fortuito, ese mismo señor dirigió las campañas de Danilo Medina en el 2012 y el 2016, sin embargo aquí sucedieron cosas distintas sobre el mismo hecho: según el presidente, su campaña la financió el pueblo, cuestión que parece dudar el secretario general de su partido, Reinaldo Pared, al admitir que por haber recibido aportes de Odebrecht el presidente no hizo nada ilegal, como si desconociera el contexto de esos pagos; por su parte, los miembros del poderoso Comité Político, asustadizos y evasivos, alegan ignorar el hecho. Presumir, como inferencia lógica de estas circunstancias, que Danilo Medina fue un beneficiario más de esas contribuciones es una herejía que merece la horca, si no, pregúnteselo al CONEP.

Mientras en la mayoría de los países donde se han activado acciones judiciales en contra de Odebrecht, esa empresa ha sido inhabilitada para continuar sus operaciones o ha sido objeto de medidas sancionadoras preventivas o definitivas, en la República Dominicana el mismo procurador festina un acuerdo secreto con la empresa para descargarla penalmente y levantarle la efímera suspensión que tenía, sin importar que el acuerdo concertado clandestinamente no tiene aún fuerza vinculante ni carácter definitivo.


Mientras en otros países ha habido acusaciones, formulación de cargos y medidas de coerción en contra de sobornados, en la República Dominicana existe un sistema tan garantista de los derechos del procesado que impide este tipo de arbitrariedades hasta que los acuerdos de lenidad y delación premiada en Brasil revelen fehaciente y detalladamente nombres y pruebas de incriminación.

Mientras todo eso sucede, un presidente impoluto, honesto y humilde les pide a sus súbditos que le busquen pruebas de haber aceptado pagos o aportes de Odebrecht en su contra porque en el país de zombis el aldeano soporta el fardo de la prueba, y no el funcionario, y el pueblo es quien investiga o acusa, y no el ministerio público.

Lo mágico de esta leyenda es que el mismo presidente que emerge como ángel de luz de ese fétido pantano es quien elige prêt-à-porter a una comisión de iluminados para que interpreten la Sinfonía número 9 ”Coral” de Beethoven a sus zombis para sumirlos a un letargo invernal en la cálida madriguera de Punta Catalina. Lo aterrador es que los zombis andan hambrientos y poseídos por espíritus depredadores; el olor de la sangre les tiene frenéticos y con apetitos viscerales de despedazar carne corrupta. Me permito sugerirle al presidente que, para poder domar las fuerzas ciegas de esos seres, vea con sus asesores este catálogo de dramas: La noche de los muertos vivientes (1968), George Romero; El despertar de los muertos (2004), Edgar Wright; Zombieland (Tierra de Zombis) (2009), Ruben Fleisher, y Dawn of the Dead (El amanecer de los muertos vivientes) (1978), George Romero.


Pronto, el monstruo de la laguna verde saldrá de su hibernación y ya no pedirá justicia, sino sangre, entonces se escribirá una nueva historia: La rebelión de los zombis, “allí será el lloro y el crujir de dientes” (Luc. 3:28).


José Luis Taveras
Letras Libres
Acento

martes, 7 de marzo de 2017

Danilo Medina debe entender que no existen razones para confiar en él


El Presidente en su laberinto
Danilo Medina cruza un trance tormentoso; nunca imaginó que aquella visita que como presidente electo le hiciera a Lula hace casi cinco años lo atara irremisiblemente a un destino tan adverso. Sospecho que tampoco pensó que esos tratos iban a desatar las huestes más tenebrosas del mismo infierno. El imperio Odebrecht se desploma y en su caída libre promete aplastar a las potencias políticas y corporativas más fortificadas del subcontinente.

Pensé que en la Asamblea Nacional íbamos a ver a un hombre manso, cauto y reflexivo, pero me olvidé de que frente a las presiones algunos temperamentos quebradizos reaccionan de forma soberbia y hostil. El presidente tuvo que sacar miel de las entrañas para sobreponerse a su extravío y aparentar total autodominio en una situación que lo aprieta en el silencio. No le quedó bien el montaje; su fingimiento se percibió a leguas y su descaro relució palmariamente. Contemplé a un hombre atrapado en las breñas de sus propias dudas, sin argumentos, poder ni dominio frente a un cuadro volátil, peligrosamente contingente e incierto, cargado de más preguntas que respuestas hasta que se abra la “caja negra” de Brasil.

Estos tres meses serán infernales, tanto que algunos potentados ya abandonaron sus ruidosas pasarelas sociales; muchos restaurantes de la ciudad capital y del este extrañan sus consumos estrambóticos y sus voluptuosas mujeres. Las llamadas de las amantes no son atendidas, la prensa es eludida, las excusas de los amigos se amontonan y las juergas pierden chispa. Domina un ambiente crispado y áspero en los pasillos del poder, atestados de expresiones hoscas y plomizas.

Algunos peledeístas sanos quisieran hablar pero no pueden; se mueren por gritar su indignación; para ellos es un fastidio indecoroso seguir reverenciando a cuatreros ramplones como cuadros dirigenciales de la organización; no hay coordenadas claras y las señales se pierden. Lo grave es que en este callado martirio las fuerzas del caudillismo bicéfalo de la organización están en desbandada: Leonel y Danilo se han evitado desde hace tiempo; el orgullo los separa y los acecha para aplastarlos. Tal parece que están tan reñidos que prefieren esperar lo que tiene que pasar en Brasil, y punto. Cada quien lo hará a su manera: Leonel viajando y Danilo saltando, aunque se les quiebre el aliento.

Y es que lo que se haga judicialmente aquí para mejorar la posición del Gobierno y del PLD (o a favor de la impunidad, que es lo mismo) constituirá una inversión ociosa de tiempo y esfuerzo si lo que revelan los acuerdos de lenidad y delación premiada de Brasil es lo suficientemente contundente como esperamos. De no ser así y resultara un fiasco, el Gobierno evitará avanzar graciosamente procesos en contra de personas que nunca deben ser molestadas. En todo caso, el tiempo y algunos ensayos pirotécnicos en los pasadizos judiciales le darán el respiro que el Presidente precisa para pensar y maquinar (¡Dios nos libre!).

El presidente ordenará quitarle celeridad a las diligencias del proceso, aunque en el ínterin y para entretener el morbo público solicitará prisión preventiva en contra de algunos. Por eso no es casual que su amigo Agripino Núñez Collado declarara el 31 de enero a la prensa nacional que la comisión que preside entregaría su informe a finales de febrero (con la idea de que sus conclusiones fueran presentadas por el presidente en sus memorias, presumo y agrego yo); sin embargo, el mismo 27 de febrero, el empresario clerical extrañamente anunció que su comisión contratará a una firma norteamericana para realizar el informe técnico de la obra. Este cambio tan drástico y sintomático pone en entredicho los criterios de desempeño de esta alta curia de dechados; no sé cómo algunos hombres meritorios permanecen todavía ahí. La declaratoria de complejidad del caso Odebrecht le agrega distensión al cuadro a pesar del reciente revés del acuerdo.

El Presidente ha querido fingir calma por causa de las presiones sociales internas. Jugó desdeñosamente con el movimiento verde en su discurso, al que presentó como una manifestación renovada de la democracia participativa, sin embargo ni por cortesía se refirió a su pedido de nombrar abogados para que actúen como acusadores adjuntos en el proceso de Odebrecht, pedimento acreditado por más de trescientas mil firmas; pero además le sobró cinismo para insinuar cierta connivencia entre el reclamo verde y una parte del sector generador para provocar la paralización de la obra de Punta Catalina. Esa ligera y necia imputación le puso voz al delirio de una mente perturbada que alucina con haber complacido a una sociedad timada pero furibunda.

Danilo Medina debe entender que no existen razones para confiar en él. Hay que estar desvariando para esperar una actitud comprensiva por parte de la nación ¿Cómo confiar en un Presidente embarrado de sospechas? Asesorado políticamente por João Santana, el hombre más fuerte de la mafia después de Marcelo Odebrecht como parte de su patrón operativo en todo el continente, ¿es confiable un Presidente que todavía no ha rendido cuentas sobre la gestión financiera de su campaña y de su reelección; que defiende a capa y espada un proyecto otorgado a la misma empresa que confiesa haber sobornado y sobrevaluado las obras adjudicadas donde tenía operaciones; que no ha comprometido ni con la mirada a ningún funcionario o amigo de su entorno íntimo?

Por su parte, me dicen que Leonel Fernández anda muy despreocupado; alguien cercano me comentó que le ha restado importancia a los reclamos populares en contra de la impunidad en el entendido de que, a su juicio, son acciones de clase media sin peso electoral alguno. Vamos a ver si el tiempo le da la razón y de paso le evita algunos sobresaltos. Lo que él no se ha dado cuenta es que su fosilización política fue atizada justamente por esa misma clase media a tal punto de que sus vientos hoy no arrastran ni sus arcillosos escombros.

Danilo Medina, el Gobierno y el PLD están padeciendo apenas las ráfagas de una Justicia extranjera robusta. Las investigaciones de Brasil, Estados Unidos y Suiza les han mostrado en carne viva lo que es un poder independiente, ese que han evitado imponer en la República Dominicana; prefieren un sistema inoperante y postrado como carta de garantía de sus desafueros e impunidades, donde los fiscales son cortesanos de sus designios y una parte de los jueces, ¿o políticos?, traficantes de indulgencias. Ese poder es el que pretende el presidente que responda a los reclamos elevados por una sociedad dispuesta a sacrificar la gobernabilidad, si es necesario, para evitar que la impunidad imponga otra vez su soberbia. ¡Se quedarán verdes por lo que puede pasar!


José Luis Taveras
Letras Libres
Acento

martes, 21 de febrero de 2017

El Presidente saldrá del silencio a demostrar que no tiene miedo


Entre el sudor y el silencio
En el gobierno sobran los empleos, los gastos y las deudas, pero escasean las palabras. Después de un ruido electoral estentóreo, en la segunda gestión del presidente “de lo nunca hecho” falta mucho por decir. Prevalece un silencio sudoroso de espera.

Las razones también son mudas pero aparecen insinuadas en la ausencia esquiva del Presidente; quizás asomen en el sonrojo de una nueva erupción cutánea como aquella dermatitis que le robó vergüenza para someter al león y acallar con lodazos el rugido de sus vientos.

No hay dinero para hacer bulla. La hacienda pública, quebrada por los apetitos burocráticos, está desfondada. Los empréstitos externos (o eternos), como espesas tetas financieras, seguirán amamantando los antojos del gasto público, mientras pende de la nada una reforma fiscal aplazada varias veces para no causar ronchas políticas. Ahora se aleja aún más de la agenda porque será blandida como espada para disuadir los reclamos del empresariado en contra de la impunidad.

El gobierno está postrado en silicio ante Odebrecht. No hay paz ni sueño en sus alcobas. Esta maldita pesadilla apareció de la nada y como las ondas de un tsunami amenaza con arrollar viejos altares en todo el continente. Y eso es precisamente lo que mantiene en neurastenia al gobierno: no hallar la forma de prever ni de controlar sus efectos, sobre todo para un partido que, además de dominar y comprar todo, nunca ha sufrido reveses que pongan a prueba su férrea fortaleza.

Odebrecht ha sido un infierno bajado del cielo. Por primera vez pone al poder en aprietos y deja al Presidente sin palabras. En Perú y en Panamá las cosas prometen ser más llevaderas porque allí hay gobiernos nuevos que no necesitan malabares ni sortilegios para tomar decisiones políticas audaces. Por eso ya en Perú pesa una orden de captura internacional en contra de un expresidente y entran en investigación otros dos. El gran fardo para Danilo Medina es que, contrario a otros casos, ha estado muy cerca de gente hondamente comprometida. Así, su asesor Joao Santana, pieza nuclear del entramado mafioso, tuvo que abandonar en pleno desarrollo la dirección de su campaña electoral para guardar prisión en Brasil, pero además Danilo tiene “más allá del moño” una de las obras más costosas ejecutadas por Odebrecht en su cartera de negocios internacionales: Punta Catalina, cuestionada de piso a techo.  El Presidente está al filo de su prueba más dura. Comprendo su silencio; aún más sus sudores.

Pero silencio no significa ociosidad para un gobierno en apuros. El Presidente y su partido están ocupados amarrando los cabos antes de que se agote el silencio negociado en Brasil con los procesados según los acuerdos de lenidad y colaboración premiada. La idea es cerrar la mayor cantidad de puertas antes de que se abra el sumidero de los sobornados. Por eso la comisión de Agripino rendirá su informe en un tiempo obsceno para una delegación tan seria y compleja. El presidente pretende con este informe estampar un sello pontificio al caso Punta Catalina, como si viviéramos en los años setenta cuando una élite rancia imponía como dogma sus verdades a una aldea de domesticados. Es conforme a esa lógica que se cierra un acuerdo con Odebrecht sin reparar en su forma, consecuencias ni agravios. Se firma aun antes de someter la solicitud de declaratoria de complejidad del caso; ahora el juez lo validará de forma expresa, como quien certifica un trámite de rutina.

Lo que sigue es declarar complejo el caso, lo que le dará un desahogo bastante dilatado a su gestión judicial hasta cansar en el camino el reclamo social por la impunidad, liberar de tensión al proceso y armar, sin los constreñimientos del momentum, los arreglos necesarios para que sus tentáculos, ya mutilados, no alcancen a los venerables intereses comprometidos. Claro, toda esta urdimbre se tejerá sin contratiempos solo en caso de que la famosa “lista” de sobornados que esconde la confidencialidad negociada en Brasil resulte un fiasco. Despejado el misterio, se recuperará el aliento y con él la vida, que seguirá sin mayores aprensiones su imperturbable curso.

El 27 de febrero el presidente quebrará su silencio: reiterará su solemne compromiso con la Justicia al compás del estribillo del momento: “caiga quien caiga”; dirá que no le temblará el pulso para actuar sin ataduras, y como muestra de su soberana determinación sacará la lista de sus más meritorios y recientes empeños, como la disolución de las dos entelequias fósiles: la Corporación de Empresas Estatales (CORDE) y la Comisión de la Reforma de la Empresa Pública (CREP), así como el apoderamiento de abogados para demandar la nulidad del inconfeso reparto de Los Tres Brazos. Obvio, no dirá que aún no se ha abierto una investigación penal meritoria en contra de los ejecutores de este fraude, porque en la cultura ética peledeísta la mayor sanción es la separación del cargo.

En sus memorias, el presidente será frontal y provocador, mostrará una pujante fuerza inspiradora para demostrar que no tiene miedo porque ha actuado con transparencia y sin culpas. Rescatará del suelo la moral del gobierno; arrancará ovaciones delirantes de los congresistas, quienes, infundidos, saldrán a cazar cámaras para desafiar con denuedo al severo juicio moral de la sociedad. A partir de ese discurso se desatará una rabiosa defensa del gobierno a través de su maquinaria de medios que solo espera la orden y un acoso bestial en contra de “sus detractores”. El Presidente saldrá del silencio a demostrar que no tiene miedo. Lo tendrá que hacer para convencer a su propio miedo; quizás se lo crea.


José Luis Taveras
Letras Libres
Acento

martes, 14 de febrero de 2017

Todos a firmar!


¡A firmar!
El Libro Verde sigue provocando adhesiones. Su firma recoge una crónica inédita en la historia de nuestras ausencias. La gente, sin más motivo que su arrojo, acude a los puntos de firma para sumar voluntades en una petición popular cada vez más robusta.

Podrán presumir miles de motivos espurios y prejuiciosos, pero jamás borrar las imágenes que compilan esta nueva historia. Son memorables los pequeños momentos de gloria, como el que protagonizó una anciana cuando empuñaba con torpeza el bolígrafo para dejar en sus trazos la huella más firme de sus convicciones, o la del empleado público que en las sombras convenció a un primo a que lo hiciera por él, o el caso de Abel María Cepín, un suboficial de la Policía Nacional que fue destituido por haber cometido el crimen de firmar.

Obreros, empleados, profesionales, empresarios, maestros, campesinos, universitarios,  jueces, artistas y jubilados han acudido sin llamarlos y han buscado, por propia cuenta y diligencia, información sobre los puestos de firma. Algunos han ido en comitiva familiar; otros, junto a compañeros de trabajo, aprovechando los espacios libres de su jornada laboral.

Esta manifestación es la negación más rotunda de lo que ha sido el patrón de participación social en nuestra tradición política, definida, en los hechos, como un proselitismo usurero en el que la gente asiste por un trato económico o por alguna expectativa retributiva. Entender y aceptar este proceder ciudadano entraña un reto indescifrable para el común de los actores políticos, acostumbrados al tráfico barato de las masas mórbidas, por eso algunos buscan motivos desesperados que solo hallarán en el fondo de sus paranoias o en el frío y cortante silencio de su miedo.  

La avalancha de Odebrecht trae en su desbocado tropel mucha basura que promete sepultar aún más impunidades. Esta vez no podrán tapar, disimular ni barajar; están turbados y con el juego trancado. Nunca sospecharon que sus negros desmanes iban a ser desarropados a pleno sol de su vergüenza porque se creían gigantes acorazados con blindajes impenetrables de impunidad. Siempre contaron con una sociedad sumisa, enajenada y rendida. Ahora serán náufragos de la tormenta perfecta: un escándalo que amenaza con aplastar toda resistencia y una sociedad dispuesta a reclamar cada centavo.

El Libro Verde no es un simple asiento de firmas, es un repertorio testimonial de un nuevo sueño. La gente aspira a ver, vivir y legar en un país seguro donde impere el respeto a la ley y en el que la autoridad se ejerza con sujeción al orden. El Libro Verde es la memoria de una participación democrática diferente: de abajo hacia arriba; un repudio concluyente al modelo de dirección concentrado de decisión social; un ejercicio soberano y pleno de otra raigambre democrática, negada o usurpada por viejos y decadentes actores.

Qué pena que un esfuerzo de esa talla no haya sido asimilado en su justo espíritu por una clase gobernante asustadiza que de cualquier guiño alucina con fantasmas golpistas. Esta vez no pasarán, repito, ¡no pasarán! Tendrán que ver lo que es capaz un pueblo cuando jura no prestar su destino. ¡Todos a firmar!


José Luis Taveras
Letras libres
Acento

martes, 7 de febrero de 2017

Los cojones de Jean Alain Rodríguez

                                  Jean Alain Rodríguez, procurador general de la República.


Las bolas del Procurador
El Procurador resbala en un campo minado. Su trabajo no es fácil: por un lado, debe evitar que la investigación se le vaya de la mano y alcance a intereses muy sensibles del gobierno; y, por el otro, debe convencer a una sociedad escéptica y vigilante que él actúa al borde de esas presiones entregando resultados oportunos y creíbles. El reciente acuerdo con Odebrecht lo deja sin maniobras. El caso llega así a un punto irreversible donde no podrá seguir obrando de forma ambivalente. Le llegó la hora de sudar.

Hasta ahora la gestión de la investigación ha insinuado un guión político revelado en tres fases:

a) Sacar a Odebrecht del escenario. El Procurador lo logró de forma rápida y resuelta con un acuerdo relámpago (anunciado tempranamente y concertado poco tiempo después) que desarraiga a la empresa del proceso y la deja felizmente habilitada para seguir operando en el país. Así, Odebrecht queda liberada de la onerosa de carga de tener que imputar, como acusada, a los sobornados. Sortear el riesgo de tener en el proceso a una confesa infractora es un gran alivio para el gobierno; ahora el funcionario judicial asume de forma absoluta ese control pudiendo jugar discrecionalmente con los nombres dispuestos a servir a la posible expiación judicial del caso.

b) Dejar el papel de Odebrecht a cargo de un tercero parcial. Este acto fue espectacular y se reveló en el opening de la trama para que no quedaran dudas. El libreto lo interpretó Ángel Rondón que, consecuente con el designio político, dijo que fue él quien recibió el dinero que ahora Odebrecht se obliga a pagar. El acreditado cabildero alega que este pago lo recibió a título de “representante o agente comercial” para exculparla y de paso liberarse. Ahora tenemos a Odebrecht fuera del proceso como acusada (no así como testigo) y en su lugar a un amigo del presidente asumiendo la responsabilidad única, personal y directa en la recepción de los pagos declarados como sobornos por una sobornante ya descargada de responsabilidad penal. De esta manera todo cuelga de lo que diga o no diga Lutero como Papa.

c) Imputaciones con base en las confesiones u omisiones del tercero parcial y de las diligencias discrecionales del Ministerio Público. Ángel Rondón terminará el proceso manteniendo invariablemente su posición. Nadie lo sacará de esa; así, se libera él y exonera a los grandes nombres; y si no, queda a su libre escogencia a quién acusa y a quién no. Odebrecht, ya fuera del proceso, cumplirá de forma activa con sus compromisos de cooperación judicial, claro, en aquellos casos que selectivamente el Ministerio Público pudiera requerirle, que de seguro serán los que involucran a funcionarios de segunda categoría de pasados gobiernos y uno que otro de esta Administración, quienes, como yihadistas, tendrán la misión histórica de sacrificarse para impedir que la impunidad imponga su verdad, por aquello de “servir al partido para servir al pueblo”. Ya veremos.


A pesar de todo lo anterior, en este apuro del Procurador se aplica un adagio muy socorrido: “lo que va, viene”; así, en los esfuerzos para inspirar confianza en el acuerdo suscrito recientemente con Odebrecht, el Procurador, orondo, se explayó afirmando que con él (el acuerdo) se garantiza el cumplimiento de un conjunto de compromisos asumidos por la empresa extranjera para colaborar en la investigación y en los procesos judiciales que se abrirán en contra de los demás implicados; más concretamente Odebrecht se obligó a: a) proporcionar al Ministerio Público toda la información que le sea requerida, especialmente la delación premiada sobre las operaciones de Odebrecht en el país ofrecida ante el Ministerio Público Federal de Brasil; b) colaborar en las investigaciones locales del Ministerio Público; c) brindar información esencial y útil para esclarecer y comprobar la participación de otros imputados;   y, en general, c) robustecer la acusación del Ministerio Público.

Independientemente de las fragilidades del acuerdo, cuyo análisis trataré después que se haga público su contenido, entiendo que este pesado pliego de obligaciones puesto a cargo de Odebrecht pone al filo las responsabilidades del Procurador en su gestión investigativa y acusadora. Esto así porque con un marco tan amplio y accesible de auxilio judicial como el que presuntamente se obliga la empresa acusada, el funcionario no podrá alegar a su favor la falta de cooperación ni de medios para conminarla a cumplir, como tampoco desaprovechar esta facilidad negociada a su riesgo en apoyo de una investigación seria, meritoria y sustanciosa. Más aún en un escenario donde todo depende de sus diligencias sin una acusada que, por liberarse de una condena y una inhabilitación definitiva, pueda revelar identidades e inculpar más fácilmente. En otras palabras, el Procurador se la está jugando solo y a puro pecho, sin la posibilidad de alegar el incumplimiento de la empresa para justificar las debilidades de la acusación en contra de los demás implicados.

Ante este cuadro prefiero presumir que concluir: primero, que el Procurador no sabe la magnitud social de su responsabilidad, de cuya firmeza pende la gobernabilidad de los próximos años; y, segundo, que, en su defecto, porta los testículos más portentosos que hayan colgado en hombre alguno después de Adán para optar por el camino de la dilución que sugiere la estrategia política. ¿Podría un hombre comprometer de esa manera su credibilidad y arriesgarse? Hasta pensarlo horroriza. Prefiero creer que Jean Alain nos sorprenderá y dejará en el terreno a aquellos que lo consideraban un hombrecillo escaso, dócil y destemplado, que tener que confirmar esos mismos reproches y otros más. Para retozar políticamente con un caso como éste hay que tener bien tendidas y henchidas de testosteronas ambas bolas, porque hacerlo sería una felonía eternamente irredimible; mejor morir.


José Luis Taveras
Letras Libres
Acento

martes, 24 de enero de 2017

Nuestros militares son pueblo también


Las camisetas del oficial
Esta semana promete ser intensa. La marcha del pasado domingo 22 será llevada en probeta al laboratorio de los analistas. No faltarán las disecciones ni las lecturas más entusiastas a favor y en contra. Ya me imagino a los soñadores hablar de revoluciones épicas y a los teóricos escribir sobre la infertilidad de la indignación sin propuestas.

Pensar en los cientos de artículos de opinión que analizarán el “fenómeno” ya me pone nervioso. Los academicistas se preguntarán ¿y ahora qué?, como seguro se escucharán a algunos catadores de marcas políticas atribuirle a intereses extraños el éxito y los fondos de esta cruzada. Los omisos, en nombre de un ausentismo mágico-religioso, no se darán por enterados: seguirán ocupados en el duelo de los Tigres y las Águilas.

Tampoco faltará la baba escurrida por la vocinglería de los medios. Ya sus buhoneros se mueven frenéticos detrás de los bonos que se cotizan en ese mercadillo de intriga tendido sobre la palabra como mercancía barata. Arrancaron con su rumba dándoles golpes a los cueros al son de diatribas y censuras facturadas sin comprobantes fiscales.

Obvio, en el discurso tragicómico del Gobierno no faltará una fingida inflexión pretendiendo escuchar el clamor popular con anuncios de posiciones firmes en contra de la impunidad en el caso Odebrecht y al amparo de un estribillo que ya cantan hasta en Villa Vásquez: “llegaremos hasta las últimas consecuencias, caiga quien caiga”. Lo ingrato es que la investigación parece estar confinada en un módulo cerrado de ingravidez donde todo flota y nadie cae. Ya quiso el Gobierno desactivar la marcha con el apresurado anuncio de un acuerdo con la firma extranjera cuyos términos está compelido a transparentar. El contenido de esa negociación revelará finalmente su verdadera intención con el caso. Vale la pena estar pendientes.

La marcha fue un testimonio pletórico de la intolerancia de la gente con la degradación del sistema político. Germinó, brotó y se dio de forma espontánea. Fue una fuerza social sin rostro, nombre ni protagonistas que se desató de las convicciones más hondas de la gente y como enunciado firme de su hastío; una construcción ciudadana artesanalmente alzada con el empuje de muchos pero menudos esfuerzos. Ha sido el ensayo de manifestación ciudadana más grande de los últimos años. La idea ahora es desmeritarla, politizarla, disminuirla o contrapesarla. Ese camino no es sano ni correcto; el Gobierno y la sociedad deben recibir y acatar en su justo espíritu el sentir de la gente. Darle la espalda o desafiarlo políticamente es torpe y contumaz.

Me moví entré la multitud apretujada, sudorosa y jadeante que dejaba las entrañas en cada grito. Tropecé con el paso torpe y cansado de muchos ancianos, besé el rostro candoroso de algunas monjitas, vi asomar la greña del padre Rogelio con su tribu de peregrinos, entré a las filas de militantes evangélicos confundidos con activistas LGBT,  divisé a gente en sillas de ruedas. Las banderas eran blandidas con las fibras del alma mientras los tañidos de los tambores se agolpaban en el pecho de la juventud hasta arrebatarle gritos delirantes.

Pero lo más conmovedor de toda esta crónica lo encarnó una extraña petición de un militar, quien me hizo una señal discreta pero firme: “Señor, hágame el favor”. Después de mirar hacia todos los lados, con voz queda y mirada esquiva, me dijo: “¿Quién me puede regalar tres camisetas de esas para llevárselas a mis hijos? Con cuidado, porque yo soy oficial”. Luego de algunos arreglos y de forma furtiva, como quien maniobra en un contrabando, le dejé caer lo pedido en una funda arrugada. La reciedumbre de su rostro se trocó por una sonrisa luminosa. El mensaje me quedó muy claro, aunque con ello detone la paranoia golpista de Almeyda.


José Luis Taveras
Acento

martes, 1 de noviembre de 2016

De José Luis para Wally

     El distinguido abogado José Luis Taveras y el embajador de EE.UU en RD, Wally Brewster.

Carta al embajador Brewster
"Señor Brewster, en este país la corrupción manda, decide, impone, condena, absuelve, licita, negocia, trafica, compra, vende, elige y revoca; es cultura, sistema, condición y, para algunos, religión".
Le escribo, mi estimado embajador, con el propósito de revelarle las razones implícitas que yacen en la respuesta del presidente Medina a su reciente pronunciamiento sobre la corrupción. Como ha sido un tema tan manoseado, prefiero ir a lo sustancial.

Con el mismo sarcasmo del presidente Balaguer cuando era emplazado a explicar la muerte de cientos de jóvenes en sus gobiernos de terror, Danilo Medina le reta a citar nominalmente los casos de corrupción de su gobierno, como si usted fuera su Procurador. En esa fanfarronada apela a una socorrida maniobra retórica de los viejos dictadores latinoamericanos cuando se veían acorralados por el clamor público: contestar con una pregunta o poner al interlocutor a responder; una forma cínica y eufemística de refutar.

Estimado Brewster, lamento decirle que el presidente Medina tiene razón. Demandarle a un político dominicano que admita la corrupción de su gobierno es una pretensión tan osada como fallida. Es pedirle a una madre que acepte la fealdad de su hijo o a un ciego que cuente las estrellas de la noche. En este país no se conocen antecedentes de confesiones públicas ni los mea culpa o desagravios de sus gobernantes; nunca ha existido esa entereza. Pero además a usted le faltó considerar los patrones que rigen culturalmente la corrupción en una sociedad en franca disolución institucional.

Señor Brewster, en este país la corrupción manda, decide, impone, condena, absuelve, licita, negocia, trafica, compra, vende, elige y revoca; es cultura, sistema, condición y, para algunos, religión. El PLD nos puso a convivir con ella: a respirarla, a sentirla, a domesticarla y hasta desearla con los mismos apetitos adictivos que desata una droga. Dudo que el sistema vigente opere razonablemente sin ella, porque la “democracia” económica se ha construido sobre su lógica, premisas, inmunidades, arreglos y colusiones. Un ordenamiento dominado por reglas claras le importa a muy poca gente, estimado embajador, por una verdad tan llana como lapidaria: la política ha planificado la anarquía al justo modelo de las estructuras mafiosas y el caos, como negocio, reditúa exponencialmente. Sin ese torcido diseño del statu quo, grandes intereses colapsarían.

La corrupción afecta genéticamente el sistema. Es un engranaje colosal que le da vida y riqueza a la burocracia. Tan compleja es su maraña, que identificar casos particulares es como contar las olas del Pacífico. La corrupción es un estado de cosas, un todo unitario, una filosofía, una cosmovisión. En una maldita sociedad política donde sus aspirantes pagan hasta dos millones de dólares por una candidatura legislativa se revela la hondura de su corrosiva penetración. Para el presidente eso no es corrupción, sino cultura política; sus estándares de ética pública, señor embajador, responden a esa formación indulgente. Basta recordar cómo logró su reelección.

No se sorprenda, mister Brewster, de que mientras el presidente de la República se rasga la vestidura por su “imprudente” imputación, a las recepciones sociales de su propia embajada acudan, como nobles señores, oficiales militares o policiales activos y retirados con villas en Casa de Campo a pesar de sus dos mil dólares de sueldo; políticos y comunicadores que, sin una carrera empresarial notoria ni relevante, se ufanan de sus pujantes negocios, y aun jóvenes funcionarios que con menos de 45 años presentan sin bochorno declaraciones patrimoniales de siete o diez millones de dólares.

Me río con ganas viscerales cuando veo en las revistas sociales a poderosos contratistas, concesionarios y negociadores del Estado (que en menos de veinte años ya amasan fortunas de tres generaciones) posando con usted en los jardines de sus estancias en agasajos de lino, tapices colgantes y descorches espumantes organizados para alucinarlo y de paso acreditar poder frente a la sociedad o disipar los rumores libertinos sobre sus confusos negocios. Le puedo contar con detalle sus historias. Sospecho que usted y su compañero aceptan con ciertos reproches esas invitaciones por puro protocolo diplomático. Cuídese, mister Brewster, no dudo que lo envuelvan en sus cofradías cuando usted decida retirarse de la carrera diplomática. Pregúnteles a sus predecesores, algunos de los cuales son cortesanos de esos intereses. Detrás de esas fortunas, mi querido Brewster, duerme la misma corrupción que usted husmea en los sumideros políticos.

Usted, mister Brewster, no se ha preguntado cómo un país que en los últimos quince años ha reportado un crecimiento económico promedio del 5.4 de su PIB (líder en la región) sea uno de los más desiguales del mundo, cuya pobreza se ha mantenido estática mientras decrecen críticos índices de desarrollo humano con relación a otros que hace apenas cuatro decenios salieron de cruentas guerras civiles. ¿Ha visitado usted un hospital dominicano? ¿Sabe usted, señor embajador, que 46 familias se reparten algo más del cincuenta por ciento del PIB? Como usted es un activista social, le invito a dar un paseo por las laberínticas callejuelas que ramifican los promontorios humanos apilados como piedras a la orilla del Ozama o por las polvorientas calles de Elías Piña y Pedernales, pueblos fantasmas donde apenas se escucha el bostezo del hambre. Esa es la pobreza ancestral que ha prohijado la corrupción, la que consentimos indolentemente con nuestro silencio, miedo y complicidad.

Pero, a pesar de la ceguera del liderazgo político y la indiferencia ciudadana, no todo está perdido; se pueden hacer proezas éticas en la gestión de la hacienda pública. Lo que falta son voluntades visionarias con determinación y coraje.

Señor Brewster, su gobierno durante muchos años apoyó a mandos militares y oligarcas como freno al avance de ideologías “sediciosas”. El mundo ha cambiado, sin embargo los intereses que sus gobiernos tutelaron siguen incólumes en esta isla. Nada ha cambiado. Comprendo la preocupación de los Estados Unidos por la seguridad e integridad de sus inversiones, pero creo que llegó el momento de reparar y de pedirle a las elites políticas y económicas dominicanas un mayor compromiso con el futuro del país, ese futuro que el gobierno se traga de un solo bocado. Ante un ministerio público servil y un sistema judicial apocado y asustadizo con la corrupción, solo nos queda la cancelación del visado como sanción moral a esa impunidad que niega el presidente Medina. Créame, mister Brewster, que muchos de esos magnates le temen más a ese riesgo que a una sentencia de un tribunal dominicano. Ellos controlan los resortes del ministerio público. Si sus intenciones y la de su gobierno son sinceras, empiece, señor embajador, a cancelar visas y de paso a activar los instrumentos legales de intercambio fiscal. ¡Le juro que les dolerá!


José Luis Taveras
Acento