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jueves, 11 de febrero de 2016

La historia de este país es una conga encojonada

Dictadorcito de media-suela.

La invisibilidad del cotribuyente
DANILO MEDINA SE SUEÑA COMO UN DICTADORCITO DE MEDIA-SUELA
Las elecciones dominicanas son el escenario más idóneo para demostrar la invisibilidad del contribuyente. El contribuyente es quien paga los impuestos, el contribuyente es el plural invisible de una sociedad saqueada. No hay como la imagen del contribuyente para definir “el largo exilio de la razón” en que vivimos sumido. Lo han esfumado algo más de ciento cincuenta años de autoritarismo, pero es él quien sostiene a todos. Es en el contribuyente que se han cebado todos los tiranos que nos han gobernado, y es de él que han brotado sus riquezas insólitas. El chivato torvo y alerta para el crimen de Ulises Hereaux lo pagaba el contribuyente. Trujillo le besaba la mano, obsequioso, a Horacio Vásquez, pero un pelotón de intelectuales, pagados con dinero de los contribuyentes, limaba las asperezas de la imagen dura del militar traidor que impondría el absolutismo. Si Balaguer se quería colar, furtivo, en la cama y la gloria del Almirante de la Mar Océana, construía un Faro a Colón que es la estafa hiriente más absurda que se haya hecho al contribuyente.

La historia de este país es una conga encojonada, un barroco delirante que todo lo confunde, porque Dios y Lilís, Trujillo-el Jefe- y Balaguer, Dios e Hipólito, Leonel y Dios, Danilo y Dios, son la misma vaina; casi siempre a despecho de la cordura, prendidos al gesto decisivo de construir el mito. Y nos desbancan, nos dejan sin aliento, para perseguir sus sueños de dominio. Es el contribuyente el que alimenta el monstruo, porque ése es el prototipo inmóvil de nuestra existencia, en cuyo seno todos los límites son posibles. Mirémoslo en la historia contemporánea. Cuando Leonel Fernández se quería arropar con el Destino, ahí estaba el contribuyente. Hipólito pensaba que el tiempo de su mandato no era suficiente, ahí estaba el contribuyente. Danilo Medina se sueña como un dictadorcito de media-suela, ahí está el contribuyente. A ese fin hemos sacrificado todos los discursos del alba.

Las barbaridades del poder la pagan los contribuyentes. El tigueraje intelectual comido por el silencio. Los tránsfugas de toda laya. Los partidos-ventorrillos con militancia portátil, los artistas con pensiones que reciben “grasa” en cada torneo electoral, los tígueres bimbines que apagan con la lengua el cabo del cigarrillo, el bastón de Euclides, los moños postizos de Fefita la grande, las togas claveteadas por la podredumbre de los “magistrados” de las “altas cortes”, el barrigón del “poeta-diplomático” que tiene sede en el Conde, el tupé de Sergio Vargas, las setenta yipetas pintadas con la imagen de Danilo Medina, el montón de marrulleros con sueldos, los sombreros de Margarita, el ceño fruncido del rostro del gobernador del Banco central, las “ingeniosidades” de Temístocles Montás, el carapacho del “ejemplar” ReInaldo Pared, el yate y el avión de Díaz Rúa, el cosmético que le convierte en rosada la tez de Amable Aristy Castro, el “diplomático” de la OEA que escribe sin firmarlo comunicados amenazantes, y le brota la vena familiar del lambonismo trujillista; todo lo pagamos los contribuyentes, incluyendo las guirnaldas entretejidas en las puertas barrocas de las casas de campo de algún funcionario.

Nadie lo nombra, nadie lo invoca. Ayer mismo, Reinaldo Pared anunciaba la solución de los problemas de la convención del PLD diciendo quién iba como candidato en La Vega. Y al perdedor lo designaba como compensación “en un puesto del gobierno”. Todo a costa del contribuyente. Como si el Estado les perteneciera, como si los fondos públicos fueran un patrimonio propio. Los poderes fácticos de esta nación tienen un defecto de fábrica, y es el hecho de que nunca han sido clase social para sí. Los políticos dominicanos han logrado invisibilizar al contribuyente, lo han esfumado.

Yo comprendo la inutilidad del gesto, pero si en este país de mortajas ardientes hace falta algo, es que el pueblo asuma la consciencia del contribuyente y le pidan cuentas airadas al clientelismo y a la corrupción. Danilo Medina está demostrando ahora mismo que el Estado es él. Se gasta más de diez millones diarios en promoción, y se burla de cualquier amago de institucionalización que se haya logrado desde el año 1961 hasta nuestros días. Los contribuyentes dominicanos enseñan sus harapos sin rubor. Sería bueno algún día que escucharan su trueno.


Andrés Luciano Mateo
Hoy
Imagen: DICOM / Olga Dipp / DLRD

viernes, 19 de junio de 2015

No es que yo quiera…Es que el pueblo me lo reclama


La rutina inalterable
Pedro Santana, Buenaventura Báez, Ulises Heureaux, Horacio Vásquez, Rafael Leónidas Trujillo, Joaquín Balaguer, Hipólito Mejía, Leonel Fernández y ahora Danilo Medina no han tenido el más mínimo rasgo de originalidad en sus justificaciones continuistas.

Todos han dicho lo mismo: “No es que yo quiera…Es que el pueblo me lo reclama¨. No han tenido el más mínimo recato en hacer de la Constitución un traje ajustado a sus medidas, hecho con el dinero (nunca propio, siempre ajeno) o con la fuerza (esa sí de su exclusiva incumbencia).

Y, ¡qué curioso!, nunca ha faltado que un payaso disfrazado de opositor apoye oportunamente.

Ramón Colombo
Fogaraté
elCaribe

miércoles, 25 de febrero de 2015

Este país hiede


Huele a mierda
Este país como que huele a mierda; huele de nuevo a “¡Viene Juan Isidro...Y viene con cuarto!”; huele otra vez a “Horacio, o que entre el mar”; tiene un ligero toque a “Dios y Trujillo”; apesta nuevamente a “¡Hacia el Palacio, a paso de vencedores!” y a “¡Vuelve y vuelve!”.

Y en medio de esta peste que invade casi todos los resquicios del “sistema” político, uno no quiere renunciar a la esperanza (vaga esperanza, pero esperanza al fin) de que se produzca una vaina, algo así como una catarsis de conciencia que imponga la decencia, para ver si esta democracia tan apestosa empieza a oler un poco a Agua de Florida o a gardenia.

Ramón Colombo
FOGARATÉ
elCaribe

jueves, 12 de febrero de 2015

La República Dominicana es una nación secuestrada


Reelección y libertad
El cántico de la reelección es la saga maldita de la historia dominicana. (No en balde ocupa hoy el centro del activismo político dentro del partido oficial). Y es, además, el instrumento mutilador de los márgenes de libertad alcanzados por los dominicanos. Colocado en el centro de su propia vida, la libertad es esencialmente la satisfacción de todas las necesidades del sujeto, materiales y espirituales; en el seno de la cual decide situar sus actos. Los marxistas acuñaron una idea de la libertad que siempre cito, y aunque provenía del pensamiento de Hegel, daba una idea gnoseológica de lo que puede considerarse un acto de libertad. “-La libertad es la conciencia de la necesidad”-decían. Y es así. Lo que le da un carácter conmovedor a la libertad es actuar sin condicionantes, algo que han impedido históricamente en nuestro país el clientelismo, el autoritarismo,  y  la corrupción.

¿Por qué la reelección de Danilo Medina se pinta ahora como la “continuidad del progreso”, “el encomio de un imprescindible”, “la fábula impura de un predestinado”? Simplemente porque toda propuesta de reelección quiere hacernos confundir la memoria con la imaginación, y obligarnos a creer que el predestinado es la Patria, que todo pende de ese mito feliz que nos salvará. Este aspaviento de un ambicioso más creyéndose insustituible es  la continuidad de la historia nacional. Horacio Vásquez se exponía al ridículo de ser “La virgen de la Altagracia con chiva”, perdiendo la cualidad histórica de las cosas,  y renunciando así a su propia convicción antireeleccionista que desplegó con saña en la manigua dominicana. Buen ejemplo, porque fue sobre los despojos del horacismo que se abrió ese torbellino clásico de la vida cortesana que justificó toda la desmesura que el trujillismo clavó en la historia. Y fue el trujillismo el que nos legó a Balaguer embutido en el don divino de ser un Ángel celestial al que le estorbaba la tierra; y éste a su vez nos legó a Leonel Fernández, quien se disfrazó  de nuestro “destino”, y todavía, descuajeringado, seco y caprichoso; sigue siendo una sombra temible.

Una de las aventuras más difíciles que se pueda emprender en la República Dominicana, es la de construirle argumentos originales a la reelección. La reelección es siempre la misma cantaleta.  Pero lo que no se puede poner en duda es el hecho de que es el dinero público el que financia las ambiciones de poder del “providencial”. La triste contabilidad de la mentira de este país nos enseña que la libertad es la primera baja de la ambición desmedida del poder. Porque se explota despiadadamente la miseria, la ignorancia; porque los lazos que me unen al mundo real lo adulteran con propaganda, con mentiras; porque nos cosifican en el todo inmutable de la frustración. Y nos manipulan con el bálsamo clientelista. Y nos ponen a depender de  la pasta divina del héroe. Aunque  la única manera de ser libre reside en la elección de un acto que no brota del temor, de la miseria material, o de la ignorancia. Lo opuesto de la naturaleza falsa del sufragio que impulsa la reelección. Es nuestra historia, ha sido y es nuestro designio.

La República Dominicana es una nación secuestrada. El PLD es un partido-estado y Leonel Fernández es un proyecto de dominación a largo plazo. Su ambición no tiene límites. El Danilismo no tiene sucesor, y el propio Danilo Medina es la alternativa para detenerlo dentro del propio PLD. Si Leonel Fernández accede al poder nuevamente, Danilo Medina que se despida del sueño de volver a gobernar. Esa es la base del pujo reeleccionista, la necesidad del grupo de Danilo de preservar el poder. Nada que parezca extraer fuerza de un bello ideal interior, nada que nos obligue a ver a un Danilo Medina transportado a la región de una humanidad superior, ninguna luz sobrenatural que lo aspire. Porque el cántico de la reelección es el mismo, la saga maldita de la historia dominicana; y cierto despojo de la libertad.


Andrés Luciano Mateo
Hoy

jueves, 15 de mayo de 2014

El precipicio que transita la economía dominicana


La deuda
La deuda pública se mantiene como factor de preocupación entre economistas independientes y opositores. e incluso entre asesores del Gobierno, como el caso de Nelson Suárez. Con la capacidad para escuchar que ha exhibido, tal parece que el presidente Danilo Medina tendrá que prestar atención a las reiteradas advertencias sobre el endeudamiento.

Tan lejos se ha llegado en los compromisos crediticios, que se ha superado el récord histórico del 19% como porcentaje de los ingresos para el pago de la deuda, que correspondía al Gobierno de Horacio Vásquez. Según Arturo Martínez Moya, a quien la condición de opositor no le resta un ápice de objetividad, en la actualidad se destina un 26.6% por ese concepto.

El panorama resulta más sombrío si se ponderan otros ingredientes. Ante una realidad tan siniestra, Gobierno, empresarios, partidos políticos y representantes de la sociedad civil deben abocarse a algún tipo de pacto para salvar la economía del precipicio que transita. Sin que nadie se llame a engaño.

PRIMERA FILA
www.elnacional.com.do
http://elnacional.com.do/primera-fila-1811/

miércoles, 4 de agosto de 2010

Carta a Trujillo


                                     Rafael Leonidas Trujillo Molina.

                Américo Lugo.

Ciudad Trujillo, Distrito de Santo Domingo, 13 de Febrero de 1936
Generalísimo Rafael L. Trujillo.
Presidente de la República.
CIUDAD

Honorable Presidente:

En el discurso pronunciado por Ud. el 26 de Enero último al inaugurar el acueducto y el mercado de Esperanza, hace Ud. una afirmación que no puedo dejar pasar por alto, relativa al encargo que, a iniciativa de Ud. me fué propuesto por el gobierno dominicano y que, aceptado por mí, dió ocasión al contrato celebrado entre éste y yo en fecha 18 de julio de 1935, y en virtud del cual me he comprometido a escribir una nueva Historia de la Isla de Santo Domingo. Dicha afirmación es la siguiente: "Que Ud. me ha confiado el encargo de escribir, en calidad de Historiador Oficial, la historia del pasado y del presente".

Me veo en la necesidad de ocupar su elevada atención para manifestarle que no me considero historiador oficial ni obligado a escribir la historia de lo presente. No me considero historiador oficial, porque mi convenio excluye por naturaleza de toda idea de subordinación y debe ser cumplido exclusivamente bajo los dictados de mi conciencia. No recibo órdenes de nadie y escribo en un rincón de mi casa. Tampoco me considero historiador del presente, porque, por el contrario, la cláusula primera de mi contrato con el Gobierno Dominicano excluye de manera expresa el escribir la historia del presente.

Dicha cláusula dice así: "El doctor Américo Lugo se obliga frente al Gobierno Dominicano a escribir una obra intitulada Historia de la Isla de Santo Domingo, que constará de cuatro volúmenes en octavo, de cuatrocientas páginas, más o menos, cada volumen; la cual comprenderá el período comprendido entre los años 1492 a 1899, o sea desde el descubrimiento de la isla basta la última administración del Presidente Ulises Heureaux inclusive. A partir de esa fecha, el Dr. Lugo se obliga a hacer en su obra un recuento histórico de las demás administraciones". "Recuento" significa: Enumeración, inventario". En consecuencia, recuento histórico significa una enumeración de sucesos históricos; pero de ningún modo significa escribir la historia de dichos sucesos. Y un recuento es lo único a que me he obligado, a contar de 1899 o sea de la última administración del Presidente Heureaux. El título de historiador oficial carecía de sentido aplicado a un historiador del pasado.

No podría referirse sino a la persona nombrada para escribir la historia de la administración actual; y la historia de la administración actual está excluida de mi Contrato, con el Gobierno Dominicano, como lo está la de todas las demás administraciones públicas posteriores al 26 de julio de 1899. Yo manifesté al enviado de Ud. que mi deseo era y había sido siempre no escribir historia sino hasta el año 1886 solamente. Se me arguyó que mi historia quedaría muy atrás para los estudiantes; y en obsequio de éstos convine en alargarla hasta 1899 y en hacer un recuento o enumeración de sucesos históricos a contar de esa fecha, pero nada más.

A Ud. no podía sorprenderle que yo me negase a traspasar en mi historia, los linderos del siglo XX. Ud. recordará que en Marzo de 1934 Ud. me ofreció una fuerte suma de dinero para que yo salvara mi casa, a cambio de que yo escribiera la Historia de la Década, lo cual era proponerme que fuese su historiador oficial; y Ud. recordará así mismo que preferí perder mi casa, como efectivamente la perdí, contestando a Ud. en carta de fecha 4 de abril de 1934 lo siguiente: "Yo podría ser, aunque humilde, historiador, pero no historiógrafo... Creo un error la resolución de escribir la historia de la última década. Lo acontecido durante ella está todavía demasiado palpitante. Los sucesos no son materia de la historia sino cuando son materia muerta. Lo presente ha menester ser depurado, y sólo el tiempo destila el licor de verdad dulce y útil para lo porvenir. Todo cuanto se escribe sobre lo actual o lo inmediatamente inactual, está fatalmente condenado a revisión.

La administración del general Vásquez y la de Ud. sólo podrán ser relatadas con imparcialidad en lo futuro. El juicio que uno merece de la posteridad no depende nunca de lo que digan sus contemporáneos; depende exclusivamente de uno mismo. Aparte de estas consideraciones decisivas, yo no podría escribir ese trozo de historia por dos razones: la primera, mi falta de salud; la segunda, mi falta de recursos. Recibir dinero por escribirla en mis presentes condiciones, tendría el aire de vender mi pluma, y ésta no tiene precio".

No cabe en lo posible que quién escribió a Ud. lo que precede, acepte, ahora ni nunca, el cargo de Historiador Oficial. Aunque Ud. hubiera de alcanzar y merecer todo lo que se propone y dice en su discurso, de lo cual yo me alegraría por el bien que reportaría el país, yo no sería su historiógrafo. No puedo serlo de nadie. Un historiógrafo o historiador oficial huele a palaciego y cortesano, y yo soy la antítesis de todo eso. No soy ni puedo ser sino un humilde historiador de lo pasado, y sólo como tal me he obligado con el Gobierno.

Un historiador oficial es un historiógrafo, y la diferencia que hay entre simple historiador e historiógrafo ha sido magistralmente expuesta por Voltaire en su "Diccionario Filosófico", vocablo "Historiografía", en donde dice: "Este título es muy distinto del título de historiador. Se llama historiógrafo en Francia al hombre de letras que está pensionado. Es muy difícil que el historiógrafo de un príncipe no sea embustero, el de una república adula menos, pero no dice todas las verdades. En China los historiógrafos están encargados de coleccionar todos los títulos originales referentes a una dinastía... Cada soberano escoge su historiógrafo. Luis XIV nombró para este cargo a Pellisson. . . "

También se debe a mi exclusiva iniciativa la cláusula séptima del referido contrato del 18 de julio de 1935, cláusula que se refiere a la cesión de 5.000 ejemplares al Gobierno Dominicano. Esta no me exigió nada; pero yo no hubiera aceptado su oferta de escribir una historia sino a condición de ofrecer, a mi vez, la manera de reembolsar ampliamente la cantidad de dinero que costase escribirla y editarla. Es mi firme voluntad, sean cuales fueren las condiciones en que yo escriba mi Historia; poner desinteresadamente mi obra, por algún tiempo, a disposición del Estado.

He aceptado escribir una nueva historia de Santo Domingo a pesar de mi poca idoneidad por la razón capital expresada en 1932, en mi introducción al curso oral sobre historia colonial, cuando digo: "El efecto más doloroso para nosotros de la decadencia de la isla ha sido que, desde entonces, la historia de ésta quedó enterrada en los archivos coloniales; y allí está y estará hasta que la rescate de la noción que la conciencia nacional va creando de sí misma y tan poco a poco como lo requiere el hecho de que la formación de la conciencia nacional depende del conocimiento de la historia patria".

Cuando Ud. me propuso escribirla, envió a decirme que Ud. consideraba que prestaría un servicio eminente a las generaciones futuras aportando su concurso para que yo la escribiera, y yo acepté, por mi parte, el escribirla, con el único pero elevado propósito de contribuir, siquiera modestamente, a la formación de la conciencia nacional, que todavía no existe pero acepté teniendo cuidado en evitar, como se vé en las cláusulas primeras y séptima de mi contrato, que nadie pueda erróneamente figurarse que pertenezco a la farándula que sigue a Ud. como sigue a todos los potentados de la tierra, tratando de medrar a cambio de lisonjas.

Creo que, en honor a la verdad, si Ud. hubiera podido tener a mano y compulsar el contrato que he celebrado con el Gobierno Dominicano, no se habría expresado en la forma en que lo hizo, atribuyéndome un cargo que no tengo y una obligación que no me corresponde. Creo también que aunque Ud. me haya tratado muy poco, me conoce lo bastante, como me conoce todo el país, para saber que yo no me puedo consentir en verme uncido a ningún carro triunfal.

La virtud y la ambición son en principio incompatibles. Los vencedores no tienen entrada franca en mi cristianizado espíritu. Los que la tienen son los pobres y los humildes. "Los humildes serán ensalzados y de los pobres es el reino de los cielos", dice el Evangelio. En cuanto a los grandes triunfadores, éstos pertenecen a la historia: ella se los entrega a la posteridad, y la posteridad ha de juzgarlos. No se puede formar Juicio histórico contemporáneo sin violar la jurisdicción de ese tribunal misterioso y supremo.

Yo no tengo "una mentalidad erudita". Sólo tengo ideas claras y rectitud de corazón. No he estudiado nunca por la simple curiosidad de saber, sino, conforme a Aristóteles, para ser bueno y obrar bien. En este sentido creo que la lectura de la historia es una suprema lección de moral. Es injustificado el desdén hacia la historia del pasado. No hay pasado obscuro. La obscuridad sólo está en nosotros. Es del pasado de donde viene siempre la luz con que vemos hoy con el espíritu las cosas, sencillamente porque no puede venir del porvenir.

El porvenir sería tan obscuro como la muerte, si no fuera porque la luz de lo pasado es tan potente que permite prever ciertos acontecimientos de un futuro próximo. Y la ciencia difícil del mando es la eminencia sobre la cual la historia proyecta con más claridad la luz. Aunque la marcha de la humanidad sea progresiva, el hombre de Estado debe abismarse en la contemplación de lo pasado, porque éste es raíz, tronco y savia de los frutos del presente, sin los cuales éste se marchitaría y se secaría como rama arrancada del árbol.

Antes de elaborar sucesos históricos es indispensable estudiar los sucesos realizados por las generaciones anteriores. Ellos son la experiencia de la vida; ellos suministran las reglas y modelos. Y de modo singular necesita el político el conocimiento del pasado de su pueblo, porque ese pasado es la cantera de los materiales apropiados para la fábrica de una obra política verdaderamente nacional. La índole de un pueblo no puede estudiarse sólo en su generación viviente.

En política ninguna solución es fácil; ningún error es teórico. Las disposiciones legislativas de un pueblo, aunque sean científicas; son perturbadoras cuando no respondan a sus necesidades, a su situación, opiniones y creencias. Lo que se llama reconstrucción nacional debe hacerse de acuerdo con lo pasado: la reconstrucción contra el pasado es pura ideología; es lo mismo que si para reparar un edificio, se prescindiese de él.

Los más grandes, guiadores de sociedades y de ejércitos han medido sus pasos por la lección de la historia y acuñado sus hazañas en este acerado y finísimo troquel. Los mejores reyes y capitanes de Grecia y Roma y del mundo se criaron y formaron en el regazo de la historia, y aún algunos magistralmente la escribieron. La almohada de Alejandro era la Iliada junto con su espada; César puso al lado de la suya sus admirables Comentarios; y Napoleón, en sus reflexiones sobre la campaña del Magno Macedonio, nos revela su atento y profundo estudio de lo pasado.

El rey Alfonso el Sabio, el hombre más culto del siglo XIII, escribió la Historia de España para enseñar al pueblo español sus orígenes; también escribió la del suyo el profeta Moisés, mientras lo guiaba a la tierra prometida; y Mahomet el Conquistador leía y fundaba escuelas mientras combatía. La excelsitud no se improvisa. Las grandes acciones exigen poderoso y cultivado entendimiento, y necesitan ser puestas, antes de ser realizadas con audacia, bajo el signo de la prudencia, virtud suprema del que manda y rige pueblos y que sólo se acendra en la lección atenta de la historia.
La actual generación dominicana es precisamente, en mi pobre concepto, la más desgraciada de cuantas han hollado con su planta el suelo de la isla sagrada de América.

Débese ésto a la Ocupación Americana, que fue escuela de cobardía y envilecimiento, debilidad y corrupción, y cuya acción depresiva y deletérea destruyó la energía del carácter, la seriedad de la palabra, la vergüenza en el obrar, dejando, a la hora de la Desocupación, un pueblo muelle, despreocupado y descreído sobre esta tierra de acción y de fé, que fué almáciga de héroes desde los primeros tiempos del descubrimiento del Nuevo Mundo y que dió a éste, en el siglo XIX, un príncipe de la libertad en Francisco del Rosario Sánchez.

Los poderes públicos deben estimular en nuestra juventud el florecimiento de aquellas energías de que dieron alta prueba Meriño frente a Santana, Luperón frente a España, Emiliano Tejera frente a Báez, Luis Tejera frente a la tentativa filibustera de 1905, y, frente al desembarco de los norteamericanos en San Pedro de Macorís, Gregorio Urbano Gilbert. Es menester buscar al historiador dominicano que más se asemeje a Tucídides, para que evoque en toda su épica belleza el proceso glorioso de esta república nuestra durante la Anexión y riegue con la corriente y declaración de los sucesos antiguos los modernos, a fin de vigorizar la debilitada cepa del presente.

Mi creencia, cada vez más arraigada, de que el pueblo dominicano no constituye nación, me ha vedado en absoluto ser político militante. No he sido, dentro de los términos de mi país, ni siquiera alcalde pedáneo. En una serie de artículos publicados en 1899 y reproducidos luego en "A Punto Largo", he escrito lo siguiente: "Gobernar es Amar". "Son, a mi ver, más compulsivos para el político que para el sacerdote los deberes de humanidad, dulzura, piedad y tolerancia, porque lo más grave de la ley es como afirma San Mateo. el juicio, la misericordia y la fé.

Para mí la cuestión no es dispensar el bien y el mal como las divinidades antiguas, sino hacer el bien; es no adoptar resoluciones que no estén cimentadas en la rectitud del corazón, es dar al pueblo toda su personalidad enérgica y viril, fortificando diariamente su espíritu en el rudo ejercicio de la libertad, que es el único que produce los caracteres enérgicos que forman las naciones y mantienen independiente al estado de toda dominación extranjera; es proporcionar, no la educación meramente intelectual que sólo sirve para aumentar las filas de los peores auxiliares del poder, sino la que fecundiza, extiende y vivifica la libertad jurídica, hasta el punto de producir la libertad política, que es la verdadera libertad; es poner fuera. de todo alcance los derechos del ciudadano y reducir al mínimum necesario los de los poderes públicos, es finalmente, consagrarse al bien público con perfecto desinterés material e inmaterial, amar la pobreza y practicarla, despreciar el aplauso en absoluto, adoptar sólo los medios que justifiquen la nobleza de los fines y acuñar la paz en las palabras, en las medallas, en los actos y en las almas.

Suplico a Ud. dispensarme por haberle distraído de sus importantes ocupaciones, y espero que Ud. no tendrá inconveniente en reconocer, como es de estricta verdad y justicia, que no estoy encargado de escribir la historia del presente, sino la del pasado hasta el 26 de Julio de 1899, y que lo único a que estoy obligado, respecto del presente es a hacer una enumeración de los sucesos históricos a contar de 1899, todo de conformidad a mi contrato con el Gobierno Dominicano, de fecha 18 de julio de 1935; y que es conforme a este criterio que debo continuar escribiendo la Historia de la Isla de Santo Domingo.
Soy de Ud. Honorable Presidente, con sentimientos de la consideración más distinguida.
AMÉRICO LUGO
Marihal / Desde La República Dominicana

jueves, 17 de junio de 2010

Frases célebres: Andrés Luciano Mateo (3)

                         Horacio Vásquez

                       Leonel Fernández

"La vida dominicana es aterradoramente circular, y la representación de la ambición de los líderes en la historia roza sin cesar el cinismo.

Horacio se creía La virgen María con chiva, perdiendo la cualidad histórica de las cosas. Por eso fue a la reelección.

Leonel Fernández irá a la reelección, porque él se cree La virgen María con bigote”.

+ Expresada en su columna: Sobre el Tiempo Presente. de su artículo: Historia y reelección.
John Goodman / Desde La República Dominicana