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viernes, 11 de noviembre de 2016

Blas Peralta, Jean Alain Rodríguez y Danilo Medina


Fulgurazos

UNO
En la historia penosa de la reelección en la República Dominicana, esa pequeña burguesía que se traga el suspiro de la condición de insustituible del “líder” del momento, construye siempre un mundo de justificaciones hecho a la medida de su comercio. Santana, Báez, Heureaux, Trujillo, Balaguer, Hipólito, Leonel, Danilo, han atribuido sus propias ambiciones de poder a encantadoras cláusulas conjuratorias de todos los males del país, y el lenguaje oficial y su sustantivación hacen creer que únicamente el Príncipe detentador del poder en ese momento puede resolverlos.
¿O no ha ocurrido siempre que en el universo de nuestra tradición institucional, el candidato que se sucede a sí mismo desde el poder alcanza el olimpo de los sentimientos elevados, únicamente porque el poder le presta la pasta milagrosa del mito, y no hay escrúpulos que tomar en cuenta cuando de mantener el disfrute del poder se trata?

DOS
Y lo de que “no hay escrúpulos que tomar en cuenta cuando de mantener el disfrute del poder se trata” se refiere a lo que hacen los gobernantes cuando la vocación de eternidad los domina. Pongo el caso de Danilo Medina y Blas Peralta, que aparentemente cae en el ámbito de la justicia, pero que tiene que ver con esa penosa historia que arrastramos respecto de la ambición de continuidad en el poder de quienes nos han dirigido. Danilo Medina dio una dimensión de su determinación con los trajines reeleccionistas dentro de su propio partido. Acorraló con tal fiereza a Leonel Fernández, que la ausencia absoluta de escrúpulos llevó a un plano inimaginable la jugada política. Traer a Quirino y producir una telenovela, al margen de la mentira o la verdad del hecho, es la hipérbole de la perversidad, y a ello hay que agregar que compró a todos los senadores seguidores del presidente Fernández, vulneró la constitución, impuso el trueque de reelección por reelección hacia dentro del partido, neutralizó con el dinero público a toda la “oposición” tradicional, y despedazó las frágiles conquistas institucionales que se habían logrado desde el año 1961. La reelección de Danilo Medina dejó en el camino, además de un déficit fiscal, un reguero de tránsfugas y Judas (El Judas mayor, César Medina, es ahora “viceministro de relaciones exteriores”, ¡Ji, Ji, Ji,!), y prostituyó sin piedad toda esperanza de vivir en una sociedad empinada sobre los valores.

TRES
Lo que ha ocurrido con Blas Peralta hay que entenderlo poniéndole como telón de fondo lo que más arriba he narrado. Después del asesinato de Mateo Aquino Febrillet, Blas Peralta quedó como agente libre en la oferta política. Comenzó a escudriñar sus posibilidades de relacionar su salida de la cárcel con el capital político que tenía (activistas, camiones, dinero), y el sector de Danilo Medina le ofertó un tratamiento especial, a cambio de su apoyo a la reelección. Blas cumplió. Comentaristas, articulistas, comunicadores han especulado al respecto, incluso mucho antes de que el Procurador lo trasladara como un primer paso del cumplimiento de lo pactado. La obsesión de Danilo era repujar más del 60% del voto atribuible a la “pasta milagrosa del líder”, sin importar nada, sin que la más mínima pizca de moral lo intimide.

CUATRO
¿Puede alguien creer que el Procurador Jean Alain Rodríguez dispusiera el traslado de Blas Peralta sin consultar a Danilo Medina? No, es simplemente que la política dominicana transgrede toda escala de valores. Pero no hay ninguna estrategia que justifique el desprecio real por los valores, porque los valores son como el cemento invisible que une la sociedad, y si en la cúspide de la dirección social del país los modelos practican la permisibilidad como una genialidad del juego político, la sociedad se encanallece, y el desasosiego va encalleciendo el espíritu. Es lo que está ocurriendo en esta sociedad cercada, que puede vivir en o debajo del umbral de la conciencia. Antes lo había escrito con donosura Ulises Francisco Espaillat: “nuestra desgracia es el afán de continuidad a toda costa de quienes nos han gobernado”. La reelección ha sido siempre fuente de corrupción y despotismo, y ha provocado largos periodos de confrontación y dictaduras. Y porque para materializarse vale cualquier cosa, incluso soltar a Blas Peralta. ¡Estemos alerta!


Andrés Luciano Mateo
Hoy

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